Juan Pérez Parrilla
[Martes, 18 de enero de 2011]
Está claro que Bruno era un laja de mucho cuidado, pero, algo tenía el puñetero que todos lo querían y le perdonaban cosas que en tiempos de Pancho I y Pío XII era impensable que sucediera. En “La Gota” por ejemplo, Dios después del cabreo inicial se hizo el sueco y miró para otra parte. Doña Juanita, que no podía ver las grandes y callosas manos de Bruno sin que sus virginales carnes se estremecieran, desde el día de autos le había perdonado. A doña Pura le costó más, Bruno se cerró en banda y le dijo que aquello de hacer gárgaras con agua bendita tres veces al día era una puta mierda y que él a pesar de sus años aún los tenía en su sitio y que la blasfemia sólo fue un gaje del oficio y que él era un hombre y no la última cagada de Moisés en el desierto como ella pensaba. Gracias a don Anselmo que a base de ejemplos piadosos del Martirologio Cristiano, logró enternecer el buen corazón de doña Pura, que no sólo perdonó a Bruno sino que además pagó siete misas por la salvación de su alma atormentada y siempre desde entonces le tuvo presente en sus oraciones.
Así pues, superado el trance de “La Gota” Bruno siguió con los pizcos de ron y su vida en blanco y verde. Aborrecía el blanco que le quemaba la vista y amaba el verde; verde como sus queridas parras en primavera, verde como las laderas de Tago y Tasinache los años en que llovía parejo, y verde como los verdes ojos de María Inés, la mulata cuarterona de exótica belleza y felina hermosura que servía en Casa de los Indianos.
Dios en todas partes y Bruno en el pueblo volvían a enfrentarse. Dios siempre quisquilloso con los condicionamientos externos a su propia divinidad y un tanto mosca por el repentino amor de Bruno por el verde, reflexionaba sobre la tan controvertida Providencia y el no menos controvertido Libre Albedrío. Bruno, más simple, sólo pensaba en lo buena que estaba María Inés. Visto lo cual, Dios cabreóse un tanto y llamando a su jefe de seguridad le ordenó ¡Deja la espada Miguel y toma nota; a León XIII tres semanas sin postre y al vaina de Bruno vigilancia extrema día y noche! ¡¡En un descuido ese cabronazo nos la vuelve a liar!!
Y lo hizo bien el arcángel, ni el más tenue aleteo alertó a Bruno de su vigilancia y etérea presencia. Totalmente ajeno a ese espionaje celestial, nuestro hombre terminaba su zafra de albeo y pintura en los espléndidos salones de la Casa de los Indianos. Allí conoció a María Inés y durante los veintidós días que albeó y pintó fuera y dentro de la casa, la vio exactamente cuarenta y cuatro veces; durante las fumadas de mañana y tarde jamás dejó de llevarle el cuartillo de ron de Jamaica, por cortesía de doña Josefina la señora de la casa.
Viejo, canoso, maltraído y flaquiñento, el señor Bruno es todavía un cacho de hombre que impone, nada que ver con la manada de babosos que se encabritan no más verme, se dijo María Inés cuando le llevó su ron mañanero por última vez.
A las tres de la tarde o cosa así, después de tres semanas de trabajo, Bruno recogía sus bártulos para irse de aquella casa donde tan bien le habían tratado. Trabajó duro, trabajó a gusto y se iba con pena y más. Pero como el hombre propone y Dios dispone, en esto llegó seña Juana, una vieja sirvienta, que de parte de doña Josefina que si hacía el favor de ayudar a María Inés a colocar las cortinas del salón principal porque ella sola no podía. Y fue Bruno en pos de seña Juana al salón principal para ayudar a María Inés. Y colocando cortinas estaban cuando sus manos se tocaron y se armó la de Dios es Cristo, fue como una colisión entre Venus y Mercurio, un fogonazo, un calambrazo de ida y vuelta que en un instante atravesó mil veces sus enervados cuerpos, chamuscando ligeramente sus partes pudendas, hasta que finalmente fue fagocitado por la voluntad que tienen los enamorados de hacer cosas raras y convertido en miríadas de chispeantes lucecitas blancas, azules y rosadas que volvieron locas de alegría a las excitadas neuronas de sus hermanados cerebros, al menos en lo emocional. Y fue tal la oleada de estrógeno y testosterona generada por las glándulas dependientes de las locas neuronas, que, por una inusual reacción química o porque Dios así lo quiso, parte de aquella mixtura hormonal se salió de sus cuerpos tiesos como garrotes y se desparramó por el ambiente ocasionando curiosas consecuencias: A todos los habitantes de la casa y aledaños les entró la risita tonta. El arcángel Miguel que revoloteaba por allí, perdió tres plumas remeras y le dio un qué se yo qué en las verijas. Don Anselmo que vino a la casa a pedir para unas reformas en la sacristía, escapó de manganilla, pues el viejo y cegato jardinero confundió su sotana con la falda de la tía Basilisa. En cuanto a la gata blanca que dormitaba sobre un sofá, saltó por la ventana en busca de inenarrables aventuras y de ella nunca más se supo.
Como una tormenta de verano que llega sin avisar y se va como una inocente brisa, así pareció pasar por nuestros personajes, sin pena ni gloria, el calambrazo, pero no, colgada la última cortina, María Inés se plantó frente a Bruno y, mirándole fijamente con aquellos ojazos que a juicio de nuestro héroe eran acuosos y de cambiantes tonalidades como los verdes veriles de su amada isla, sin ninguna timidez le dijo; sé que es usted un hombre capaz y trabajador, sé también que está usted viudo, que tiene una casita en Las Vistas y que le pesa mucho la soledad. En cuanto a mí, le diré que el cuatro de Enero cumplí cuarenta y dos años, que nunca he sido manchada por nadie, que tengo un poco de plata ahorrada y que si a usted le parece bien y mi presencia le place, podemos arrejuntarnos. Usted cuidará de mí y yo cuidaré de usted, y si el buen Dios lo quiere, tendremos unos guaguas antes de que mis pechos se marchiten y mi vientre se agoste.
No sabemos si María Inés dejó de hablar porque ya lo había dicho todo o porque vio como Bruno temblaba de pura emoción. Sabemos que tomó sus manos con las suyas y las apretó contra sus pechos generosos. De inmediato Bruno se tranquilizó y en cuanto empezó a mover los dedos y a ponerse ralito, aquella hermosa mujer, con tierna voz y sabia intención, le dijo; ahora váyase en paz señor Bruno, en la quinta feria, mis tías, mi hermano y yo iremos a visitarle en su casa. Y salió el hombre dando trompicones, moviendo mucho los brazos y caminando de puntillas como si estuviera harto de grifa. Recogió su mochila del cuarto de aperos y tiró para Las Vistas más alegre que unas pascuas. Pero claro, Bruno era como era y en lugar de dar gracias a Dios por el futuro halagüeño que se le presentaba, con su habitual mala leche exclamó ¡¡A buenas horas el escapulario ese, me vino a mandar semejante mujer!!
No bien hubo terminado Bruno su temerario dislate, sucedió lo de siempre; un tremebundo trueno que hizo retemblar la tierra, luego un silencio como de muerte y en medio de aquel silencio aterrador se oyó una voz tonante que decía ¡¡La enfermedad del cochino (1) te voy a enviar, viejo verde del Demonio!!
A pesar de la amenaza divina, de la tronada de muerte y de los rayos que caían por doquier, Bruno continuó tan campante su camino, es más, una vez que paró para encender la cachimba, miró al cielo y con jodelona sorna se volvió a pronunciar ¿A quién irás a engañar con tanta parafernalia barata? ¡Qué nos conocemos de viejo, Manuel, sé que no eres mal bicho, por ello y porque además eres Dios, Padre, Hijo y Espirito Santo, aunque no te haga ni puñetera gracia no te queda más remedio que perdonarme!
Y esta vez no hubo tronada, sólo el viejo volcán de Tago lanzó un bufido de media capa, nada espectacular, nada que diera miedo, más bien fue como un fuerte suspiro de resignación. Y una voz floja y carraspienta, acaso por los gases sulfurosos del bufido, apenas inteligible, pareció decir más para sí que para Bruno ¡Y esto va a seguir, que no le pase nada al pobre Miguel!
Y de nuevo reinó la paz en aquellas tierras de Dios, en donde vivía aquel raro espécimen que no temía al Gran Jefe, y la mayoría de los hombres eran fuertes y cumplidores, y las mujeres eran inteligentes, graciosas, guapas y pechugonas que daba gloria quererlas y ser querido por alguna de ellas.
(1) En América, patología que ataca a ciertos individuos y cuyos síntomas característicos, son la mirada fija y el rabo tieso.
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