
Antonio Lorenzo
Cronista oficial de Arrecife
[Viernes, 10 de diciembre de 2010]
Hace unos días me preguntaban si estas cosas que algunos somos aficionados a contarlas, teníamos la certeza o algún medio de garantizar que ocurrieron en la realidad. Mi contestación fue un rotundo no. Incluso ironicé un poco, repitiendo aquello de que una mentira, repetida muchas veces, se convierte en una verdad.
Algunas de esas cosas las hemos vivido o presenciado personalmente, por lo que podemos casi dar fe de su realidad, pero otras las hemos oído, nos las han contado a su vez, y no podemos acreditar que ocurrieron.
Qué fantasía infantil o juvenil, con el tiempo, casi no se ha convertido en real.
Aquella leyenda de Jonay atravesando el mar entre La Gomera y Tenerife, para ver a su Gara, y que dio lugar al nombre del Garajonay del bosque de cedros gomeros; aquellos suicidios de los nativos canarios, atrapados en una cima por los conquistadores, al grito de “Atis Tirma”; el del tipógrafo y casi poeta Solís, de “Ahí va el hombre” lanzándose al mar en demanda del correíllo que se separaba del muelle; el de Antonico, “Ellos Arriba”, en el edificio de nuestra calle Real, ¿quién los puede garantizar?.
Todos hemos fantaseado navegando ‘con viento en popa y a toda vela', en el bergantín del famoso pirata o corriendo por ‘la vega de Granada con los cuarenta gomeles y el capitán que los manda', que nos cantan los poetas románticos y casi reales en nuestras mentes. Si negáramos esas fantasías o dudáramos de su existencia, creo que el mundo sería menos bonito.
Alguien, ante esa pregunta sobre la realidad o no de que contaba, dijo: “No sé si es verdad o no pero, como es tan bonito, ¿para qué lo vamos a estropear?”.
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