Mario Alberto Perdomo
[Lunes, 30 de agosto de 2010]
Creo en la renovación, que se integren los jóvenes en política, pero sólo los que no están enviciados. La frase es del presidente de CC en Lanzarote. Y da que pensar.
Enviciarse quiere decir aficionarse a algo con exceso. A la política, quizá, poniendo en peligro los jóvenes el estatus que los mayores han conquistado en sus partidos. A no ser que los jóvenes que se acercan a un partido se encuentren dañados o corrompidos física o moralmente, lo que es poco probable.
Lo normal es que un joven que se afilia no esté por falsear o adulterar los géneros, ni suministrarlos conforme a su debida ley, o mezclarlos con otros de inferior calidad. Ni que le dé por falsificar un escrito, ni por pervertir o corromper las buenas costumbres o el modo de vida, ni por torcer el sentido de una proposición, explicándola o entendiéndola siniestramente. Estas prácticas suelen encontrarse allá donde los jóvenes anhelan integrarse.
Puede que el joven se entregue a algunos vicios, dejando la buena conducta que antes tenía. Vicios que copia de los mayores, en todo caso. Puede que en el joven se aprecie falta de rectitud o algún defecto moral en sus acciones, o que esté preso del hábito de obrar mal. Puede, pero, de ser así, es porque lo que ve cada día y, lo que es más grave, quienes así proceden son valorados social y políticamente.
A un joven no se le puede acusar de sentir un gusto especial o tener demasiado apetito de algo, la política por ejemplo, incitándolo a usarla frecuentemente y con exceso. Al contrario, eso es bueno. Y si lo que sucede es que habla con descaro y desenfado, diciendo lo que se le viene a la boca, sin reparo alguno, entra dentro de la normalidad para esas edades. Si nuestro joven fuera vicioso, tendría o padecería vicios; estaría entregado a ellos, por lo que será poco probable que desarrolle el gusto por la política, con mayúsculas. Y como mal menor, sería un chico mimado, resabiado o malcriado, corregible todo ello con la edad y la experiencia.
Mala cosa si el joven se dedica a pervertir, viciando con malas doctrinas o ejemplos las costumbres, la fe o el gusto, perturbando el orden o estado de las cosas. O se dedica a corromper directamente, echando a perder, depravando, dañando o pudriendo todo lo que toca. De sobornar a alguien con dádivas o de otra manera, mejor ni pensarlo.
Un vicio no es más que un defecto o exceso que, como propiedad o costumbre, tienen algunas personas, o que es común a una colectividad. Esto último es lo interesante. Cuando se acercan a la política a través del sistema de partidos, por lo general los jóvenes lo hacen guiados por buenas intenciones y por cierto sentido del compromiso y el afán de servir a la colectividad. El problema no es que los jóvenes estén enviciados, sino que está viciada la sociedad, el mundo de los adultos, que es el espejo en el que se miran los jóvenes.
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