Mario Alberto Perdomo
[Lunes, 16 de agosto de 2010]
De toda Canarias, Lanzarote es la isla donde menos gastan los turistas en el destino. A este paso, estaremos a la cola en todo lo importante, ante la pasividad e incompetencia de unos gobernantes más interesados en resolver los problemas particulares de los suyos que los generales. El gasto turístico comenzó a declinar a principios del nuevo siglo, así que no hay que buscar excusas en la crisis global recién llegada. En los años anteriores a la crisis, las Islas Canarias (y con ellas, Lanzarote) vieron reducido el gasto turístico a un ritmo superior al -1% anual, por lo que habrá que indagar en otras claves para explicar lo que está pasando.
En los años previos, no dejaron de llegar los turistas a Lanzarote, aunque para estar menos días y gastar cada vez menos, lo que redujo el impacto económico positivo que el turismo generaba en el conjunto del sistema insular. La conclusión es evidente: atraemos un perfil de turista de cada vez de menor capacidad de gasto, derivada del deterioro que se ha producido en la oferta insular y la creciente competitividad de otros destinos. Es decir, los problemas están dentro de la isla, no fuera.
Lo que ha pasado dentro es que se ha puesto un énfasis excesivo en el sol y la playa, dando lugar a un modelo de desarrollo empobrecedor, en el que ha primado la cantidad sobre la calidad. La oferta alojativa de nueva planta de no ha dejado de crecer, así como la orientada al turismo residencial, mientras se aplazaban las necesidades de reconversión de la oferta existente, tanto la alojativa como de los espacios urbanos en los propios núcleos turísticos. La única explicación posible es que el negocio no era el turismo, sino los beneficios y efectos multiplicadores de la promoción y la construcción inmobiliaria, que la crisis frenó en seco en 2009.
Hace años que nos venimos formulando la misma pregunta: ¿Cómo atraer turistas con mayor capacidad de gasto? Deberíamos saber a estas alturas que la respuesta no pasa por más oferta alojativa, más afluencia, más carga ambiental y menor impacto económico y rentabilidades empresariales. Sobre todo cuando la competencia va a seguir creciendo en países próximos, con costes muy inferiores y a los que no podemos ganar por precio. Pero sí, quizá, por valor añadido.
Si no puede ni debe crecer la oferta alojativa de nueva planta, habrá que apostar por la rehabilitación de la planta alojativa obsoleta y los espacios urbanos-turísticos, garantizando la reducción de la carga ambiental, para darle vidilla al sector de la construcción. A la par, es de cajón poner en valor las singularidades naturales y culturales propias. Por último, la reconversión debe alcanzar otros subsectores, como el comercial, el gastronómico y el ocio. Queda mucho por hacer y la Revisión del PIO es la herramienta.
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