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Jaque al modelo social europeo

 

 

Javier Hernández Valenciano

[Jueves, 22 de julio de 2010]

 

 

 

 

 

 

 

 

No se trata de falta de solidaridad alemana, ni despilfarro griego, ni siquiera euroescepticismo británico, es algo más profundo. Los dos años de crisis global muestran con crudeza todas las carencias del proyecto europeo. La falta de una verdadera unión política y fiscal, junto con un debilitado liderazgo franco- alemán, ha provocado que la Unión Europea responda de manera lenta y descoordinada a las transformaciones sociales y económicas de un mundo globalizado.

Esta falta de integración ya se manifestaba en la Agenda de Lisboa 2000, que marcó una serie de objetivos para convertir a Europa en 2010, en la economía del conocimiento más competitiva y dinámica del mundo. A través del Método Abierto de Coordinación (MAC), cada Estado cumpliría objetivos propios conforme a indicadores y parámetros nacionales dentro de políticas conjuntas. En otras palabras, cada país haría la guerra por su cuenta. Tras una década y varias modificaciones, los resultados provocan la preocupación de unos y la sorna de otros.

Sin embargo, la débil unión política no centra el debate europeísta. El recién nacido “neoliberalismo de segunda generación”, que impregna prensa económica, partidos políticos y think tanks europeos, ha dirigido sus críticas hacia el déficit y la deuda pública de los Estados miembros, y ha puesto sobre la mesa un tema recurrente, la viabilidad del Modelo Social Europeo.

Aunque no existe unanimidad, podemos definir el Modelo Social Europeo como un sistema de bienestar, consecuencia de una economía orientada al crecimiento y a la creación de empleo, como pilares para garantizar altos niveles de protección y justicia social. Su origen lo encontramos en los años de posguerra. Tras la Segunda Guerra Mundial los europeos no conocieron el respiro que debió seguir al fin de las hostilidades; entre el liberalismo de mercado americano y el nuevo orden soviético, Europa optó por la “Tercera vía”. La piedra angular de dicho proyecto era el Modelo Social Europeo, implícito desde la misma concepción de la Unión Europea , la Declaración Schuman.

Desde hace 60 años, dos bandos nítidamente definidos, discuten sobre si la idea de un Estado de bienestar que implique un elevado gasto público, otorga ventajas competitivas o si por el contrario, supone un lastre para la competitividad de las economías europeas.

Los datos y estudios de la Oficina Europea de Estadística (Eurostat) indican que durante años, una alta inversión en servicios básicos, protección social y educación colaboró con altas tasas de crecimiento y economías competitivas, dando acceso a más personas al mercado laboral. Y no solo en los países nórdicos, cuna del Estado de bienestar, también en otros Estados con mayor población y menos recursos naturales, como Francia o Alemania. Estos países, con un elevado gasto social, intervencionismo moderado (dirigismo francés) y regulación de los servicios básicos, toleraron mejor la paulatina apertura al libre mercado y la transición a una economía de servicios, que aquellos industrializados que se dejaron abrazar por la corriente liberal importada de Estados Unidos.

Tras la crisis de 1973, y en especial durante la década de los 80, Reino Unido fue uno de esos países atraídos por el neoliberalismo. Con un país altamente industrializado y un enorme sector público, el gobierno de Thatcher inició un rápido proceso de privatización de empresas y de servicios públicos: industria, transportes, aguas etc. Pues bien, tras 11 años, las estadísticas y encuestas reflejaron un aumento de las desigualdades sociales, bajísimos niveles de satisfacción de la población con los servicios básicos y una tasa de paro superior a un histórico 12%. La sociedad no estaba preparada para el cambio.

No podemos obviar que la economía europea lleva 20 años estancada ni que los mayores avances se han producido en países pequeños. Esto no quiere decir que el Modelo Social Europeo esté agotado, como afirman muchos, al contrario, la reciente reforma sanitaria de EEUU y el discurso y crecimiento de Brasil, deben darle aliento. Los datos indican que es realizable, pero tal vez no en el actual marco institucional europeo.

La Unión Europea debe redefinir sus políticas e instituciones, no puede estar ajena a un presente al que llega siempre un segundo tarde. En este momento de marcado debate sobre qué es Europa y cómo debería ser, recordaría las palabras de Jean Monnet, uno de los padres de Europa: “Tal vez perdimos de vista el objetivo político y social en el curso de las vicisitudes de la construcción europea. Hoy más que nunca, debería servirnos de guía”. Estas palabras fueron pronunciadas hace 34 años.

 

 

 

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