Rebecca Gigon
[Miércoles, 21 de julio de 2010]
La autocomplacencia es una de las enfermedades de la parte putrefacta de la sociedad insular que vive de un pasado agotado y de la pretensión de permanencia en el fango. En el fango en donde nos han metido a todos, el mismo fango donde los corruptos, los mediocres y los frikis se revuelcan cual porcinos aspirantes a reyes de la matanza. Esa matanza tan típica en Canarias.
Se quedó corto el Financial Times porque no supieron o no pudieron reflejar en el artículo en cuestión los verdaderos males de esta sociedad. Y es que para conocerlos al detalle habría que contarlo por entregas, como las peores telenovelas. Nacer y vivir en esta isla era vivir en el paraíso, heredamos futuro y dejamos en herencia la nada. Nada en política, nada en industria, nada en economía, nada en alternativas, nada en energía, nada en residuos, nada en tradición, nada en patrimonio, nada en educación, nada en dignidad, nada en innovación... Nada en decencia.
Además de dejar en herencia la nada, dejamos el rastro de vivir el desapego por el territorio. El esfuerzo colectivo de dejar de sufrir por cada destrozo, por cada bloque, pastiche, metro de asfalto o ilegalidad, ha sido tan generalizado y doloroso que ya forma parte de nuestra herencia. Vivir la incapacidad política, el desprestigio institucional y el destrozo territorial de forma constante y continuada se trasmite de generación en generación como si de una enfermedad congénita se tratara. Tanto duele que la mitad de la población de Lanzarote no pasa de Uga “para no ponerme enfermo”. Pero ver el detalle de la lavadora en que convirtieron el sur de la isla, mirarla con objetividad y ser conscientes del desastre es el primer paso para poder enfrentarlo.
El Financial Times ha facilitado datos, tan ciertos y tremendos como la cruda realidad, si yo fuera el Comité MAP me pensaba muy mucho tener a Lanzarote en la lista las Reservas de la Biosfera, ¿saben cómo se gestiona El Hierro? Eficacia en Residuos, energía eólica, conservación del territorio, calidad de vida de sus ciudadanos, reserva pesquera real, turismo de calidad, infraestructuras adaptadas al entorno, concienciación ciudadana, sector primario... Miren y comparen con Lanzarote.
Los síntomas de la enfermedad son claros:
1.- Corrupción generalizada.
2.- Mediocridad política.
3.- Analfabetismo social.
4.- Abuso y destrucción de la industria turística.
5.- Quiebra técnica de las instituciones, de las empresas públicas y de las privadas.
6.- Índice de paro más alto de todo el país.
Los efectos son igual de claros:
1.- Ausencia de planificación.
2.- Desprestigio consciente y deliberado de valores o de referentes morales.
3.- Dependencia económica de las subvenciones.
4.- Cero en producción propia.
5.- Grupúsculos políticos
6.- Dependencia del petróleo
7.- Pan y circo.
Y estamos enfermos porque las personas que hemos dejado que nos gobiernen, los que se pierden por un carguito y los que manejan el poder desde sus empresas, han querido comerse la isla en dos días. Simple y claro. El día que uno de ellos, sólo uno de ellos se mire sinceramente al espejo, primero irá corriendo a casa de su abogado a pedirle explicaciones, suplicará el perdón a sus hijos por enfangarlos y buscará la forma de compensar la sociedad por un daño cada día más irreparable. Ese día empezará a salir del fango, mientras no lo hagan el olor que desprenden seguirá desprestigiando la isla.
Y cuando los que han practicado el victimismo de barra de bar, o los que han participado de la fiesta, vean más allá de Uga o vivan el mundo fuera de sus ombligos, sabrán lo enfermos que estamos y pasarán vergüenza. La misma vergüenza que pasamos los que no participamos del pan ni del circo.
El Financial Times no reflejó la destrucción medioambiental, moral e institucional que les vamos a dejar en herencia a nuestros hijos, después de haber heredado el paraíso, es para morirse de vergüenza. Qué ridículo señores, qué ridículo.
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