Viñeta

El icono de Arrecife
Felipe la Cruz

 

 

 

 

 

La iglesia de San Ginés

 

 

Antonio Lorenzo

Cronista oficial de Arrecife
[Jueves, 15 de julio de 2010]

 

 

 

 

 

 

Los que de forma más o menos habitual, frecuentamos la iglesia de San Ginés de Arrecife, comprobamos que los visitantes de fuera de nuestra Isla, cuando entran, cuchichean entre ellos y, casi siempre, señalan con el dedo hacia el artesonado de sus techos.

El artesonado que, de manos del recientemente desaparecido don Domingo Abreut y de sus discípulos nos ha quedado, y se que, contra la opinión de quienes, después del milagroso hundimiento de su techo, opinaban que la restauración debería hacerse tal como eran antes del suceso. Y digo milagroso, ya que en la forma que ocurrió, se saldó con solo desperfectos materiales y sin que los causara a ninguna persona en ese lugar de reuniones frecuentes.

Dicen los historiadores que la primitiva ermita de Arrecife se construyó en la orilla del Charco de San Ginés y que se tuvo que abandonar por el deterioro que le causaban las aguas, sustituyéndola por el actual templo.

La historia que hemos vivido algunos empieza por la que disponía, en su entrada, de un coro de maderas pintadas de blanco con unos adornos azules, refugio de los hombres que asistían a la misa y que, con el pretexto de su deterioro, fue destruido y sustituido por una especie de balcón de cemento pintado imitando madera, cuyo impacto se observa actualmente en unos huecos de las columnas rellenos con piedra de otra textura, y el cubrirse esas columnas con un encalado pintado de gris, con rayitas blancas imitando la separación de las piedras y que, años después, fue reparado por los trabajadores del Cabildo que descubrieron nuevamente la piedra original y eliminaron el antiestético balcón. De esa época creo que es el añadido desentonante, o al menos chocante, de la puerta central, elaborada con piedra traída de las canteras de Arucas.

Posteriormente, un cura que calificaría de iconoclasta, encomendándose, no sé si a Dios o al diablo, arrasó por históricos y sentimentales altares, arrinconó a santos y vírgenes, y dejó las paredes lisas, blancas y asépticas, como si de un hospital se tratara. A un familiar de alguien que había puesto su saber artístico a favor del templo, cuando le preguntó por el trabajo de su padre, le indicó que buscara en el sótano donde se tiraban las cosas inútiles, de donde lo rescató la ofendida hija. Recordamos ver en cierto museo insular, una parte de aquellos altares sirviendo de peana, no de santos, sino de alguna obra artística.

Recientemente nos ha sorprendido la proliferación de santos, santas, obispos y monjas, que han vuelto a adornar las paredes de nuestra iglesia. Y más nos sorprendió gratamente hace unos días, un grupo de turistas con la correspondiente guía, que salían de visitarla.

No puedo perder la ocasión de comentar algo que me preocupa, y que he compartido con mis amigos, que han hecho lo posible para corregirlo. El que en determinadas y masivas ceremonias religiosas, las puertas de la iglesia permanezcan cerradas y que, contra toda norma de seguridad, esas puertas se abran hacia el interior lo que, en ocasiones desgraciadamente, y en otros lugares, ha dado lugar a verdaderas catástrofes. La colaboración del pueblo e instituciones tienen la palabra, y fundamentalmente, la oportunidad de corregir el peligro.

Hace muchos años, un alcalde valiente, don Ginés de la Hoz, intervino con su autoridad para que ese peligro atemperara, prohibiendo el cierre de las puertas en las celebraciones. También hace muchos años fuimos testigos de un conato de incendio en plena y abarrotada función de San Ginés, abortado gracias a la rápida y eficaz intervención del entonces Ayudante de Marina, don Pedro Naverán Aurrecoechea que arrancó las cortinas ardientes y las apagó contra el suelo.

Para acabar, y sin entrar en disquisiciones sobre lo que se cree y lo que no se cree, pienso que hoy, en la era de las reconciliaciones y de la paz, ese cuadro de Ánimas de nuestra iglesia, con sus llamas infernales ante la indeferencia de los que parecen a salvo, está fuera de lugar. Indudable que por su calidad artística y la categoría de quien parece ser su autor, habría que colocarlo en una especie de museo artístico histórico, de forma preferible dentro del propio templo.

 

 

redaccion@diariodelanzarote.com

 

 

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Análisis

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