Mario Ferrer
[Miércoles, 19 de mayo de 2010]
Hace unos días, un agente de Wall Street se equivocó en una letra y en vez de poner million puso billion. El resultado fue el pánico y el desplome en las bolsas mundiales. Unos días después, un rumor falso que anunciaba que España había pedido dinero al FMI dejó las mismas secuelas. Los gobiernos europeos, claro está, tenían que hacer algo para controlar el miedo de las bolsas, y eso suponía llevar a cabo los famosos recortes, lo que en el caso español será de 15.000 millones (una cifra menor de lo que ganaron Telefónica y el Banco Santander el año pasado).
Al parecer, en el “capitalismo de ficción” en el que vivimos es muy importante la credibilidad y lo que importa en los mercados internacionales no son los números sino conceptos tan volubles como confianza o incertidumbre. Hasta hace poco, pensábamos que quienes se jugaban los cuartos a esas escalas manejaban conocimientos avanzados y datos amplios, pero al final hemos descubierto que las bolsas internacionales son entes con necesidades psicológicas, con miedos y fobias que hay que tratar... ¡Qué absurdo!
En realidad todo es mucho más sencillo, si uno despeja todo la marejada de ruido, lo que se encuentra es que el milagro de la “liberación de los mercados” reside simplemente en esa conocida fórmula de socializar pérdidas y privatizar beneficios. En eso consiste toda la retórica del gran capitalismo de última generación. El sistema que se tambalea por un error ortográfico es el que hace dos años se llevó toneladas de millones de las arcas públicas porque teníamos que salvarlo del abismo de su propia avaricia. Ése es el sistema que ahora exige sin pudor a los Estados un recorte en las prestaciones de los contribuyentes que costearon esos planes de rescate.
Intentar describir el proceso que nos ha llevado hasta esta situación nos remite al vergonzoso sinsentido de su origen. Conviene recordar que no hemos llegado a esta coyuntura por carencia de recursos básicos mundiales, ni por escasez de fuentes energéticas, ni por dispendios de los gastos públicos, ni por un cataclismo ambiental, ni, por supuesto, por movimientos políticos libertarios. La palanca impulsora fue la especulación financiera pura y dura. Un terreno que, tres años después de su explosión, no ha tenido que pagar casi ningún coste.
En el horizonte no se ven alternativas ni revolución social. Los cabezas de la izquierda europea, Gordon Brown y Zapatero pactaron hace unas semanas dejar la regulación de los fondos especulativos para más adelante. No va a haber una refundación del capitalismo, los paraísos fiscales continuarán su engorde, los ejecutivos culpables del fraude seguirán disfrutando de sus indemnizaciones multimillonarias y a las agencias de clasificación nadie les tocará un pelo. Seguramente Rajoy sustituya a ZP y el anquilosado aparato funcionarial se quejará por el recorte, pero nadie va a cuestionar al FMI ni va a armar una revuelta contra los bancos. Todo lo contrario.
Los zorros que pusimos a cuidar el gallinero, no sólo se han comido las gallinas sino que quieren más comida. Los teóricos del neoliberalismo nos dicen ahora que la culpa de todo es del déficit público, que los Estados tienen muchos gastos sociales. La jugada es perfecta. Las consecuencias de sus desmanes terminan siendo la causa del problema y ellos se presentan como los salvadores. Dejemos pues, que Nerón nos diga cómo se apaga el fuego.
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