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Toros y gallos

 

 

Antonio Lorenzo

Cronista oficial de Arrecife
[Lunes, 17 de mayo de 2010]

 

 

 

 

 

 

 

Todos los medios de comunicación se hacen eco estos días de la polémica ‘Toros sí, toros no', que se ha desatado en Cataluña.

Hace bastantes años, si ese eco mediático, el Gobierno de Canarias, creo que bajo la presidencia del señor Olarte, prohibió terminantemente las corridas de toros en todas las Islas Canarias, y toleró parcialmente las peleas de galos ingleses, permitiéndolas, pero sin que se pudiera hacer publicidad de las mismas.

Respecto a las corridas de toros, aparte de todos esos argumentos que se aportan de crueldad y sufrimiento, es que en nuestras Islas nunca tuvieron arraigo, y solo alguna anécdota graciosa de señores que venían de allende los mares presumiendo de toreros y fueron objeto de bromas por parte de los isleños.

No sé si habrá también crueldad en los caballos corriendo hasta dejarse los pulmones en el terreno, las cacerías defendidas apasionadamente por el recién fallecido señor Delibes, o el arponeo de un mero bajo nuestras aguas.

Lo que sí tenía arraigo en las Islas eran las peleas de gallos, y quizás por eso, en evitación de alguna rebeldía, no se prohibieron sino que se atenuaron en su desarrollo. Hoy verdaderamente existe tal silencio sobre las mismas, que, han desaparecido o se han vuelto invisibles.

Recuerdo en la vieja Democracia, me refiero al local de la calle Real y no al sistema político, la valla verde, en la que previa ceremonia de pesado y desinfección por limón de los protagonistas, los soltadores, enfrentaban a los gallos, verdaderas fieras, hasta la inutilización, muerte o huida de uno de ellos. A lo mejor, después de una interminable lucha, y de cuchicheos entre los soltadores, se llegaban a decretar una ‘tabla', lo que en términos deportivos modernos se denominaría un empate. Eran siete peleas cada tarde, y se enfrentaban por pesos similares o aproximados.

En mi niñez y juventud existían dos galleras o casas de gallos, en el norte y el sur, que tenían sus sedes respectivas en antiguas casonas de la calle Figueroa, propiedad, la casa, de mi abuela Joaquina, ya que mi tío Augusto fue muchos años presidente o directivo; y la otra en la calle La Porra, hoy Otilia Díaz, perteneciente, también la edificación, a los hermanos don Andrés y don Francisco, Fajardo, asimismo presidentes o directivos de la organización. Recuerdo como peleadores famosos ‘El Pejín' y ‘El Cotorro'.

Aunque las peleas de gallos siguieron en otros lugares, después de la desaparición de la valla de La Democracia, creo que ya no fue lo mismo.

Se hacía rifas mediante la venta de cartas de la baraja y se apostaba al gallo vencedor o ‘a la ventaja'. Y de esas apuestas puedo contar que un amigo mío hizo una de ‘veinte duros' -¿habrá que aclarar que eran cien pesetas?-, que ganó a un conocido de no muy limpia trayectoria. Cuando llegó a la casa comprobó que el billete que había recibido en pago era un simple papel de propaganda, que por el reverso tenía la publicidad de una conocida marca de coñac.

 

 

 

 

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