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Esperando a guinchos y carlotas

 

 

Mario Ferrer

[Miércoles, 28 de abril de 2010]

 

 

 

 

 

Tenían razón. No hablo de divagaciones éticas sino de datos económicos y sociales: Lanzarote tiene hoy una de las tasas de paro más elevadas del mundo occidental, y tras 30 años de superabundancia financiera no hay plantadas alternativas económicas viables a corto o medio plazo. Esa es la realidad actual.

Los Guinchos, Carlotas, Foros, Manriques, Prats y demás, acertaron en el diagnóstico. No me refiero al terreno político, que desde hace 15 años funciona penosamente en esta isla, sino a las reformas que necesitaba el modelo de desarrollo de económico y social que estábamos escogiendo. Porque de eso dependía todo o casi todo, incluyendo la política. Los últimos cuarenta años de la historia de Lanzarote, como de gran parte de España, se pueden explicar a través de la respuesta que cada sector ha dado a una pregunta: ¿cómo articular y regular el crecimiento turístico e inmobiliario?

Pues bien, desde los años setenta se puede ver nítidamente una corriente que, con mayor a menor fuerza, ha reclamado la diversificación de la economía; la contención del crecimiento y la búsqueda de nuevos criterios de eficiencia productiva; la profundización en la democracia; la subida del nivel educativo; la transparencia política; la elección de modelos energéticos alternativos... Todas las claves para poner en marcha lo que ahora denominamos eufemísticamente como “nuevo modelo de desarrollo” ya estaban anunciadas hace casi dos décadas por lo menos. De hecho, tras la crisis de principios de los noventa, gran parte de la sociedad lanzaroteña sabía que había que retocar sustancialmente el sistema para hacerlo más sostenible a largo plazo y así lo demuestran los sondeos y las movilizaciones de la época.

Sin embargo, a pesar de haber acertado, el ecologismo es uno de los grandes derrotados de nuestra historia reciente. Como fuerza social ya casi no existe. Es otra de las curiosas paradojas de la evolución de una isla que llegó a ser en cierta medida un espacio pionero, pero que hoy, cuando la sensibilidad ambiental llega a su apogeo, es un desierto.

Se cometieron dos graves errores. Uno lo consumó la generación que tiene ahora entre 40 y 60 años, la cual se dejó engañar por el juego político y al mismo tiempo se enfrascó en múltiples guerra fratricidas para ver quien era el más purista. El otro fallo lo llevamos a cabo la generación joven (entre 20 y 40 años) incapaces no sólo de tomar el relevo sino tan siquiera de plantear batalla. El resultado es una apatía y desunión tan completa que ni ellos mismos han levantado la voz para disfrutar de la victoria pírrica de poder decir “teníamos razón”.

En definitiva, habrá quien haga un balance desolador de esa herencia. Poco importa a estas alturas, pero sí añadiría un matiz. No fue una derrota de unos pocos; fue un fallo de una comunidad, de toda una sociedad que ahora lo está pagando. En cualquier caso, yo, me quedo con lo positivo, que para eso están los famosos versos de Wordsworth que sirvieron de inspiración para la película de Elia Kazan y compañía:

Aunque ya nada pueda devolvernos la hora del esplendor en la hierba, de la gloria en las flores, no debemos afligirnos, porque la belleza subsiste en el recuerdo.

Recordemos pues que en la isla de la especulación y las mil censuras también hubo “esplendor en la hierba”, y que un grupo amplio de personas apostó, en contra de la aplastante fuerza del dinero rápido, por buscar un desarrollo más racional. Perdieron, pero el tiempo ha demostrado que tenían razón.

 

 

 

 

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