Mario Alberto Perdomo
[Lunes, 22 de marzo de 2010]
Tras una campaña publicitaria que debiera ser objeto de estudio obligado en la carrera de Empresariales, Lidl abrió sus puertas en Lanzarote. Un hito en el desarrollo reciente del comercio insular. Centenares de personas haciendo cola, el tráfico colapsado y un despliegue de la policía local propio de una romería. Porque eso significó la anhelada apertura para los sufridos consumidores de la isla, una auténtica romería para comprar bueno, bonito y barato después de soportar durante lustros una de las cestas de la compra más caras del país.
La multinacional alemana Lidl aterrizó en un momento especialmente delicado para las economías domésticas. Lanzarote registra la tasa de paro más alta del Archipiélago, lo que equivale a decir que padece una de las tasas de desempleo más elevadas de España. Por eso, el ahorro familiar y la contención estricta del gasto mirando el céntimo se han convertido en una prioridad para muchas casas de familia. Las expectativas creadas por la apertura del primer supermercado de descuento duro rompe el carácter cautivo del consumidor isleño, que hasta ahora se veía obligado a elegir entre dos únicos grandes operadores de la distribución alimentaria. Entre ambos se reparten casi el 70% del negocio y, encima, no compiten ente sí, mientras los tribunales de defensa de la competencia miran para los celajes.
El éxito cosechado por los establecimientos de descuento duro radica en una filosofía muy simple. Sencillez a la hora de exponer los productos, marcas propias, régimen de auto servicio, gran accesibilidad y poco personal, una fórmula que reduce los costes de explotación y favorece precios competitivos. Quedó instaurada una nueva celebración festiva en la isla cuando miles de personas, entre las que predominaban las personas de edades comprendidas entre los 30 y los 40, guardaron cola la mañana de un día laboral para acceder al nuevo establecimiento.
El camino que se ha visto obligado a recorrer este primer supermercado de descuento duro ha estado sembrado de minas. Debió esperar más de cinco años hasta que consiguió las preceptivas autorizaciones de un Gobierno de Canarias que juega al proteccionismo con las cosas de comer, y al liberalismo con las intrascendentes. Algo comienza a moverse en la isla estancada.
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