Octavio Topham Camejo
[Lunes, 8 de marzo de 2010]
Guillermo Topham, Guito, mi padre, solía contarme que tras publicar el primer número de Antena uno de sus colaboradores y él se encontraron casualmente con un hombre que, sentado cómodamente en un banco del parque, de espaldas a ellos, ojeaba el periódico recién nacido. Tras curiosear unos instantes aquel hombre arrimó el ejemplar a un lado mientras lo arrugaba y comentó: “¡Qué mierda de periódico!”
Casi sesenta años después de aquel episodio, el 4 de marzo de 2010, durante la presentación del libro “Guillermo Topham, Cronista oficial de Lanzarote”, Mario Ferrer argumentaba por qué Antena acabó convirtiéndose en una isla de luz dentro de la carestía informativa de los años 1953 a 1970. En una época en que el régimen franquista monopolizaba los medios sociales, generalmente voceros de una España próspera que no existía, Antena describió la realidad tal como era, con todo el hambre y la crudeza, con la falta de agua y de alimento, en medio de la penuria y la sequía. Lo hizo respetando las reglas del régimen y amparado en la marginalidad que proporcionaba la isla, apartada de las grandes ciudades donde habitualmente nacían otros medios escritos, éstos del brazo de la burguesía. Movida sólo por la vocación incansable de un puñado de amigos.
Mario Ferrer explica no ya la figura, sino la obra de Guillermo Topham, desde una perspectiva inédita. Es oírle hablar de mi padre y me entran unas ganas tremendas de conocerle. Y eso que lo disfruté durante varias décadas. Diserta sobre él, además, exponiendo las verdades con la mayor objetividad y sin sustraer nada a quien quiera leerle y escucharle. Es por eso que igual nos habla de su aliento constante a cualquier nueva fuente de riqueza para la isla, o su apoyo insólito al turismo o a la potabilizadora, que nos informa que la etapa más valiosa de su obra terminó aproximadamente a finales de los setenta, coincidiendo con la llegada de la democracia y -con ésta- de la prosperidad y de otra forma de hacer periodismo y, paralelamente a todo ello, con el accidente que fue lastrando su movilidad en años posteriores, o que en su momento fue un rumor generalizado que Guito “inventaba parte de las noticias” que publicaba. Y relata unos y otros hechos con un entusiasmo impropio de alguien que apenas pudo haber llegado a conocerle.
Esta mañana, mientras daba vueltas a éstas y otras cuestiones, el azar quiso que me encontrara con una persona que, situada frente a mí, estaba ojeando el libro de Mario Ferrer. Lo tomó sin demasiada curiosidad, observó con desgana la portada, saltó a la contraportada, pasó varias páginas de un solo golpe de vista, lo dejó con desdén aproximadamente donde lo había dejado y exclamó: “¡Qué mierda de libro!”. Le auguro una larga vida.
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