Martín del Mar
[Martes, 23 de febrero de 2010]
Padre dios es un ser único que, pese a su obligada ausencia, parece existir simultáneamente como tres personas distintas. Es padre, hijo y concepto. Por eso, se hace presente como una trinidad. Que proviene de tres y unidad, es decir tres en uno, como los afloja todo. El padre es dios, al parecer el hijo es dios y el concepto es ‘redios'. Sin embargo, no hay tres dioses, sino uno solo. Entender todo esto no resulta fácil, ya que estamos ante un dogma y, a la vez, un misterio que no logran descifrar ni transmitir ni los más acólicos entre sus fieles apóstoles.
Según los propagadores de la creencia, está el que unge (Él, el supremo), el ungido (Jesús, coloquialmente Suso) y la unción (la unidad nacionalista). Ósea, está el jefe que elige personas como pañuelos de usar y tirar, el elegido para la misión y la misión misma (el poder total y ab soluto y la inmunidad para el ejercicio de la impunidad). Los dos personajes se sienten uno en el sentido de perfecta unidad y armonía de propósito. El propósito es la inmortalidad de su doctrina. La doctrina es un vago e impreciso 'lo nuestro' siempre que, directamente o entre bambalinas, mande Él, el omnipresente conseguidor y supremo portador de las voluntades transmutadas en votos.
Lo que no sabe Suso es que padre dios se percibe a sí mismo como un ser absolutamente indivisible (incluso por sí mismo), eterno incluso, que se cree perfecto en atributos políticos y que no comparte su gloria con nadie porque no es una pluralidad de personas. Padre dios cree, además, que fue manifestado en carne como el hombre perfecto a fin de redimir a la ‘conejeridad' de la deriva del pluralismo político y del pecado de progresía, y que su proyecto le trascenderá. Por lo tanto, y en lo tocante a padre dios, no tiene sentido hacer distinciones sobre su persona que conduzcan a especulaciones de tipo trinitario. Ni siquiera binario.
Jesús tiene sus seguidores, no creas. Lo llaman Suso, lo consideran dios único, aunque hijo bajado no del cielo sino de un polvoriento coche de carreras, y hecho carne para salvar. Y para iluminar todo lo que se le ponga a tiro, todo sea dicho. Pero padre dios ya estaba presente en Suso del mismo modo que está en cualquier conejero desde 1983, cuando ascendió de los infiernos y se reencarnó en alcalde de pueblo rico inventando el transfuguismo a escala local. Gracias al desaforado crecimiento turístico, manejó perras que distribuyó para seducir a la peña, expandiendo su influencia y su poder sobre todos los volcanes y sus infinitos recovecos.
A pesar de todo, el sumo hacedor padre dios y Suso creen en la unción, que es aquella propiedad de la unidad en virtud de la cual no puede dividirse sin que su esencia se destruya o altere. Pero no creen en cualquier tipo de unidad, sino en aquella de destino en lo insular, que es la ideología que atribuye entidad propia y diferenciada al territorio y a sus súbditos suyos de ellos, y en la que se fundan aspiraciones muy diversas, desde amasar fortuna a sembrar de farolas toda calzada asfaltada. En el fondo, ambos aspiran a obtener una amplia independencia del exterior de los órganos rectores locales, tales que caciques de la comarca más septentrional de las Islas.
Suso, el hijo político, ha seguido las enseñanzas del padre y el guión a pies juntillas, pero se viene trastabillando malamente porque sus supuestos seguidores no son tantos ni tan leales. Al contrario, muchos piensan por su cuenta y, a base de criterio propio, se han desgajado de la corriente que padre dios y Suso tratan de imponer, so riesgo de ser tachados de herejes porque disienten y se apartan de la línea oficial de opinión impuesta por la ficticia unidad. Estos últimos, los disidentes, son increpados a diario y a grito pelado por los oficiantes de la unción, pero aguantan firmes bajo el liderazgo de José, el paciente maestro que habita en el norte y que se atusa los bigotes cada vez que da una vuelta de tuerca para que Suso resbale y se pegue partigazo tras otro.
A Suso cada vez se le hace menos caso. Siempre que lo nombran negociador de algo no pasan tres horas y le cierran en las narices un pacto en contra. Es la forma que los suyos tienen de decirle: “No mandas, mi niño”. Y Suso se va sintiendo presidente de filas fantasmas y cada vez más reo de la supuesta trinidad. No obstante, Suso no se da por vencido y persevera, mientras en su cabecita empieza a conjugar el verbo dimitir. Pero no lo dejan, y le dan ánimos, y le dicen que es un tío cojonudo, y le cuentan que es un político llamado a hacer grandes cosas, que es el sucesor del Él, el supremo, y esas cosas que se dicen para que aguante y siga en el puente, cada vez más solo y pasando un frío que pela mientras cree que tiene ente sus manos la caña del timón. Cada vez que abre la boca, resta. Cada vez que da un paso, divide. En su postrera ilusión, invoca a padre dios, que está en todas partes, pero muy lejos, y se dice: “¡Coño, aquí todo el mundo va a lo suyo y yo haciendo de pañuelo desechable!”.
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