
Mario Alberto Perdomo
[Miércoles, 17 de febrero de 2010]
A la búsqueda de la excelencia, y después de varios años sin exponer, Tomás Aguilar muestra, hasta finales de mes, el resultado de sus últimos años de trabajo en la Sala de Exposiciones del Charco de San Ginés. Junto a la consolidación de la eclosión de la vida, tras abandonar los estados embrionarios de sus primeros cuadros, el color es el otro aspecto que caracteriza la producción que Tomás Aguilar muestra en esta nueva entrega.
Basta una ojeada para percibir la comodidad con la que se desenvuelve el autor ante formatos de mayor tamaño, así como la profundización en su depurada técnica pictórica. La búsqueda de la excelencia brota en esta nueva serie ratificando la percepción que, en 1990, tuvo Agustín de la Hoz al constatar el proceso de investigación artística en Tomás Aguilar, confirmando que su hecho creativo es portador de una gran verdad.
Estamos ante una obra vertebrada en torno a un coherente y sólido discurso, ante una obra original y única, ante una propuesta personalísima, ya que no resulta tarea fácil vincular la obra de Aguilar con las tendencias realistas e hiperrealistas más recientes. La pintura de Tomás Aguilar se desenvuelve en un territorio difícil de definir. Es un autor atípico, incatalogable e independiente, que desarrolla su creatividad en medio de un panorama artístico dominado por otras tendencias.
Algunos hitos sobresalen en esta nueva entrega: concepción heterodoxa en la aplicación del color, atrevimiento y riesgo a la hora de pensar y plasmar la obra, carácter reivindicativo y cierto sesgo propio del mundo femenino, exquisitez en la composición con el color actuando de factor de equilibrio, y, por último, orden, precisión, detalle y perfección en el acabado. Todo ello otorga al conjunto una gran consistencia y una desacostumbrada dignidad.
No hay dimensión mística en torno a la producción de Tomás Aguilar. Las cosas son muy simples: pintar es sufrir, imponerse buenas dosis de disciplina e invertir horas en el proceso. Con él, el arte retorna a la cotidianeidad y se desviste de adornos inútiles. Su obra es rotunda y honesta. Reservada y sincera. Íntima y sensual. Delicada y luminosa... No hay misterios que descifrar.
Todo esto hay que contarlo porque el autor no habla de su pintura. Brota la palabra 'siempre' cuando se dialoga con la producción artística de Tomás Aguilar.
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