
Mario Alberto Perdomo
[Lunes, 8 de febrero de 2010]
En el ámbito del poder real, en Lanzarote hay gente imputada y gente emputada. Luego estamos todos los demás. Entre quienes tienen representación pública u orgánica, la mayoría de los imputados rezan para que todo quede en un susto. Algún otro, en cambio, manifiesta tremendo empute.
Los emputados se caracterizan porque detentan el núcleo duro del poder real en sus diferentes versiones: económico, político y mediático. Un poder este que se cruza y entrecruza de tal manera que parece lo mismo. Seguramente porque en realidad es lo mismo. La cólera de los emputados no es nueva, sino que viene de lejos. De último se manifiesta con extrema virulencia, pero tamaña ira obedece a que sienten amenazada su posición de privilegio, su jefatura absoluta.
Periódicamente, llaman a rebato a sus fieles para que hagan el trabajo sucio de silenciar y aniquilar a quienes osan oponerse a su particular y jerárquica visión de la isla, a la que ven como algo propio y de su propiedad, como un territorio exclusivo de sus privilegiados negocios. Para ello, les es fundamental el control del sistema de partidos, de las instituciones públicas, de las organizaciones empresariales y de los medios de comunicación. Así ha sido hasta ahora y así es hoy.
Machacan a sus oponentes sin miramientos, mintiendo, tergiversando y manipulando hasta la rendición o el exterminio. Y ello con un cinismo superlativo. A la par, son los abanderados de la corrupción, a la que defienden, justifican y alientan. Es así como han ido desapareciendo las voces críticas del espacio público insular, con algunas excepciones de natural irreductibles, a la vez que disuaden a otras a atreverse a dar el paso. Descabezan sin piedad y promueven la abstención y el desencanto masivo hacia la política, a la par que presentan a las opciones localistas como las únicas válidas para gestionar la isla. Lo suyo.
Poco a poco, los ciudadanos más atrevidos han ido dimitiendo de sus compromisos con lo público y encerrándose en la esfera personal, mientras que la política y los asuntos colectivos han ido quedando en manos de los políticos profesionales que rinden pleitesía o deben obediencia al núcleo duro de los emputados. Más democracia: no hay antídoto más eficiente para combatir este mal. Y la democracia se conquista.
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