Lluvia

 

 

Antonio Lorenzo

[Lunes, 8 de febrero de 2010]

 

 

 

 

Hasta que los servicios encargados de las previsiones meteorológicas no sembraron de pluviómetros los campos, cuando se preguntaba a alguno de nuestros campesinos sobre la importancia de la lluvia caída, después de arrastrar un poco de arena con el escardillo que siempre tenía a mano, como integrante de su anatomía, con cara de decepción, nos contestaba: “El agua no llegó al barro”.

Y es que la llegada del agua al barro era seguridad de una buena cosecha, si el viento, el calor o el piojillo, no la frustraban al final de la temporada.

Recuerdo de mi estancia en San Bartolomé, aquellos días sonsos del final del otoño o del invierno, cuando la nitidez de la atmósfera o la claridad de los sonidos que hacía que hasta las conversaciones lejanas llegaran a nuestros oídos, presagiaban la llegada de las deseadas lluvias, el ambiente se llenaba de ruidos nuevos. El del escardillo limpiando las acogidas; el de las escobas de palma barriendo las azoteas; el de las palas haciendo unos travesaños en los caminos intentando encauzar las aguas hacia el caño del aljibe o la limpieza de las coladeras de las maretas, aquel pequeño pozo previo a la boca del depósito, donde se precitaban las piedras y el barro que el cauce del barranco arrastraba.

Hoy con los instrumentos esparcidos por los campos hemos aprendido a medir la intensidad de la lluvia por litros por metro cuadrado y las rachas del viento por kilómetros.

En este fin de año y principios de otro, si existiera un agricultor superviviente diría, arrastrando el escardillo, instrumento casi de museo, y con cara de satisfacción: “Este año si llegó el agua al barro”.

Lo de las lluvias me trae a la memoria un chiste que uno de los hermanos Millares de Las Palmas, bajo pseudónimo ‘Cho Juá', publicó hace muchos años.

Un señoriíto de Triana identifica por la manta de pelo de oveja, sujeta al cuello con un atillo, a un campesino de la cumbre y le pregunta: “Qué amigo, ¿ha llovido para arriba?”. La contestación del filosofo de Artenara: “Ni somos amigos, ni nunca he visto llover para arriba, sino para abajo”.

 

 

 

 

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