
Marcial Riverol
[Miércoles, 20 de enero de 2010]
Desde meses atrás, antes incluso del levantamiento del secreto sumarial del caso La Unión, se viene acometiendo una tarea de despiste y distracción con el fin de generar la suficiente confusión sobre el electorado, de cara a liberar a personas y partidos de sus responsabilidades derivadas de supuestos hechos delictivos por ellos cometidos. De forma paralela, cartas, comunicados, y el amparo de determinada prensa, pretende hacer pasar por inocentes a los que aún imputados puedan hacer gala de tal presunción, pero también a los que han sido cogidos in fraganti en distendidas conversaciones.
Hay quien, con extrema habilidad, es capaz de dar vuelta a toda la operación contra la corrupción y, en beneficio propio, otorgar algún crédito a sus actos delictivos, justificando el interés general y una supuesta vocación de servir a la isla, a la comunidad, y nunca al bolsillo propio.
El efecto ventilador, entendido como salpicar a todo bicho viviente con la mierda propia, es otra de las estrategias de despiste. El común pueblo, aparentemente ciego, ignorante y cómplice, no sólo queda confundido, sino que hará victimas a los culpables (los que al día de hoy lo sean), y liberará de sospechas a los imputados, cargándolas sobre las espaldas de todo el que pasara por allí.
En jardín aparte, y para satisfacción de los amos del cortijo, los restos de la denominada como sociedad civil, se tira los trastos a la cabeza y anda culpabilizando al vecindario de no sé que males, levantando sospechas sobre quien nada que tiene que ver con asuntos delictivos, insisto, para regocijo de algunos.
La situación se complica de tal modo que ya hay quien cuestiona determinado marco legal y, amparándose en que a la mayor parte de la gente no le gusta estar sometida a control alguno, y a lo que se aspira es a campar a sus anchas, es por lo que atisbo que se dan todas las condiciones para que las minorías corruptas, que debieran estar fuera de la circulación, sean tan numerosas que, devenidas en mayoría con poder económico y político, monte tal pifostio que a Lanzarote no la reconozca ni la madre que la parió. Progreso, le llamarán, y habrá alguno que se lo crea.
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