Oda a las cajeras del Hiperdino

 

 

Mario Ferrer

[Miércoles, 16 de diciembre de 2009]

 

 

 

 

 

He de admitir que Hiperdino me causa una cierta fascinación. Esta fascinación, como ustedes supondrán, no se debe ni a los precios ni a la calidad de los productos, sino más bien a las reflexiones que me suscita cada visita que hago a sus instalaciones. Ya sea para comprarme un yogur o para proveerme de una oferta de galletas, el caso es que siempre llego a la conclusión de que Hiperdino es algo así como un perfecto símbolo hiperrealista de los tiempos que vivimos en esta isla, en Canarias y en este mundo.

Una parte de mi extraño encantamiento por Hiperdino se debe al uso de las supuestas señas de la ‘canariedad' para su marketing, como el ‘¡Ños, qué precios!' -que en Andalucía era ‘¡Olé, qué precios!'-, el jaleo que arman por el 30 de mayo o la plaga de banderitas de Canarias… Es algo curioso su reivindicación de ‘lo nuestro' si tenemos en cuenta la tirria que algunos le tienen (‘Hipertimo' es el mote popular) y que en realidad la empresa es una multinacional cuyo principal accionista es un fondo de capital de riesgo. Pero eso la hace más fascinante y más metafórica todavía: un fondo especulativo como máximo dueño de la principal empresa de alimentación de un archipiélago tricontinental como Canarias. El sueño de cualquier teórico de la globalización.

De todas maneras, los de la publicidad de Hiperdino han pasado de atrincherarse en posiciones ideológicas muy cerradas y han apostado por la propaganda con elementos multiculturales como la campaña ‘Pasión de Hiperdino'. Sabia idea, ya que además de cautivar a la media España que adora los culebrones enlazan con parte del consumidor sudamericano. Esta desacomplejada utilización de un tema tan tabú como los recursos identitarios es bastante inaudita, y astuta por cierto, para sus fines. Yo les aconsejaría dar un paso más, para también ligar con los sectores de la Europa y África que viven en el archipiélago.

Hiperdino es de los pocos espacios donde se funden todos los colectivos de la isla. Esto es lo jugoso de este súper (y también lo inevitable si están en lo cierto los que hablan de duopolio). En una visita cualquiera, mientras escuchas bachata sin parar y el reponedor senegalés se pasea por los pasillos, tienes el gustazo de que te atienda el pescadero chileno, la frutera de Tinajo o la charcutera de Cáceres. Es un cruce bidireccional, porque los canarios o los ‘nuevos canarios' pueden ser tanto trabajadores como clientes. Esta mixtura, además, se produce con el aliciente de que la vives en el ‘supermercado', el símbolo máximo de la cultura doméstica del siglo XX y el buque insignia de la colorida estética del consumismo y las marcas. Entrar en Hiperdino en navidades es una experiencia propensa a los ataques epilépticos. Todo son tonalidades chillonas y brillos estridentes.

Pero no puedo hablar del Hiperdino sin acordarme de la brillante adaptación del musical ‘Grease' que hicieron los miembros ‘El triángulo de Cuatro Lados'. La versión conejera se llamaba ‘Grish' y los protagonistas eran trabajadores de Hiperdino convertidos a través de una fina ironía en desternillantes personajes-emblemas de la idiosincrasia lanzaroteña. Para mí, la obra es todo un clásico, en el mejor sentido de la expresión.

La experiencia Hiperdino es interesante porque no se queda en lo típico o en lo turístico (los dos grandes polos del imaginario actual de Canarias), sino que también muestra lo real. Esa Canarias de diferentes niveles de insularidad y que importa casi toda la comida porque ha eliminado sus sectores primarios. O esa Canarias en la que no sólo hay radicales mezclas de nacionalidades, sino también de estratos sociales, algo dramáticamente patente en las escenas que se dan a las afueras de los Hiperdinos, con expulsados del paraíso que esperan para alimentarse de lo basura que tira el supermercado.

No quiero terminar sin mostrar mi agradecimiento especial por las cajeras del Hiperdino (por cierto, no hay nunca hombres que hagan este trabajo) y su paciencia en primera línea del frente con clientes como yo, que más de una vez ha ido a pagar sin tener dinero encima. Y les adelanto mi apoyo incondicional por si algún día montan una protesta ante la majadería de hacerlas disfrazarse varias veces al año con trajes de carnavales, papanoeles, romeras y otras sandeces. Eso no tiene gracia.

 

 

 

 

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