Sr. Berriel

 

 

Mario Alberto Perdomo

[Miércoles, 2 de diciembre de 2009]

 

 

 

 

 

Callado, silencioso, el Sr. Berriel abandonó el Cabildo, institución a la que estuvo ligado desde 1976.

Se marchó de la misma manera que llegó y permaneció: sin hacer ruido, sin que se notara su presencia. Se fue un fino observador, trabajador riguroso, leal intérprete de la ley, relicario de la memoria de la institución en los últimos treinta y tres años y hombre callado. También el hombre de la sonrisa leve, condescendiente con los impulsivos y con la ignorancia, reservado y amable, atento y respetuoso hasta decir basta, divertido en la intimidad y, a su manera, socarrón. Claro, lo ha visto y lo ha vivido todo en el Cabildo moderno...

De usted y señor; así era el trato con Antonio Berriel Perdomo. Todo un señor afectuoso en el trato y capaz de detenerse en sus múltiples tareas para atender cualquier pregunta, cualquier petición de consejo. Un funcionario modélico e imprescindible en el Cabildo en las últimas décadas. Un espejo en el que mirarse todo trabajador público.

La Corporación le rindió un sencillo y sentido homenaje, qué menos. Y le distinguió con el Cangrejo de Oro. Lo diré sin acritud, creanme: de la Medalla de Oro para abajo, como reza el Reglamento de Honores y Distinciones, cualquier otro reconocimiento no hace justicia al Sr. Berriel. Con todo, y si ello fuera posible, lo suyo sería seguir contando con sus servicios, en particular, creando escuela de trabajadores públicos en la institución y derrochando experiencia y sabiduría.

Con él, y exceptuando sólo a tres o cuatro personas semejantes que aún están en activo, casi se extingue una estirpe de altos funcionarios portadores de una concepción del verdadero significado del Cabildo. Ésta comienza con el alto honor y el orgullo que significa trabajar para la Primera Corporación Insular, continúa con un irreductible espíritu de servicio y concluye con un férreo compromiso hacia el trabajo y el interés general, todo ello bajo la primacía de la norma.

Es enorme la deuda de gratitud que todos los trabajadores del Cabildo que le han tratado tienen hacia el Sr. Berriel, puesto que siempre tuvo tiempo de atender a todos y sabía poner la luz en el lugar adecuado y con la adecuada intensidad ante cualquier consulta. Mas, si este hombre honesto, recto, sencillo, accesible, respetado y querido decidiera escribir su memorias y contara quién es quién en la intrahistoria del Cabildo, best seller seguro.

De no ser por personas como el Sr. Berriel y otros como él, algunos ya desaparecidos, hace tiempo que el Cabildo hubiese colgado el cartel de “cerrado por liquidación”. Pero, lo más llamativo es que jamás ha dejado de expresar con su mirada el niño que fue.

Todo un placer, caballero.

 

 

PD. El autor autoriza expresamente que haga suyas estas notas a cualquier trabajador del Cabildo que piense lo mismo sobre el Sr. Berriel.

 

 

 

 

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