Educación: alto y claro

 

 

M. Martín González

[Martes, 10 de noviembre de 2009]

 

 

 

 

 

 

La Consejería de Educación, personada en la isla de Lanzarote para una terapia de autocomplacencia, se ha hecho presente en un instituto de Arrecife con su plantel de directores generales, con el fin de contar lo mismo que podía haber hecho con una carta, lo cual no es objeto de más reproche que el gasto realizado para desplazar y dar de comer a los cargos políticos trasladados para la ocasión.

Viene a cuento mencionar esta convocatoria para los directores de los centros educativos de la isla, debido a la fórmula que viene adoptando este tipo de encuentros en el que se dictan varias prohibiciones, que en una imagen recurrente me conduce a la de aquellos tres monos sabios con las manos en los ojos, en la boca y en las orejas, aunque el sentido en las leyendas orientales fuera otro distinto al de impedir hablar a uno de ellos.

Educación, y es un decir, ha establecido que en sus reuniones propagandísticas nadie podrá preguntar, puntualizar, o solicitar aclaración de tema alguno, y remite al auditorio a que planteen sus cuestiones en privado y en la hora del café. Acaso, pretendan que nadie escuche las quejas que cada director de centro tuviera a bien plantear, ya porque no tengan respuesta, ya porque, no teniéndola, quieran evitar el sofoco de no saber qué decir a quien correspondiera contestar.

La Consejería de Educación, en un alarde de caspa y tufo rancio, prohíbe, además, que los trabajadores de los centros educativos de Lanzarote se dediquen a elevar sus quejas o comentarios a los medios de comunicación, y mucho menos comparecer ante ellos, a fin de informar a la opinión pública sobre determinadas realidades, y para ello los remite al gabinete de prensa de la Consejería. Lo que no indica es si, para la pretendida obediencia ciega, los directores de los centros lo son a tiempo completo, esto es, veinticuatro horas durante trescientos sesenta y cinco días al año, o sólo mientras dure su horario en el centro. Porque para la pretensión de silenciar a todo el cuerpo de directores y profesores de centros públicos de Canarias, van a tener que hilar muy fino.

Ignoro la autoría de tamaña ocurrencia ni si alguien se atreverá a darle rango de decreto a la misma, y muestro mi perplejidad y peores calificativos a quien lo suelta como quien cree que tiene el control absoluto sobre todas las situaciones, pretendiendo poner límites a las voces discrepantes con algunas de las acciones del gobierno. Y me sorprende, no saben cuánto, que los nueve cargos públicos que escuchan instrucción semejante ni pestañeen con la salida de tono.

Medida antidemocrática, la de acallar voces, y censurable el hecho de que los altos cargos traguen, conformándose con todo a cuenta del mantenimiento de sus privilegios como cargos públicos. No sólo es calamitoso para lo que parece como una poco consolidada democracia, sino porque es una vergüenza que algunas cosas las digan en alta voz, y les parezca lo más natural del mundo.

Vamos de retroceso en retroceso y lo de fascistas redomados y torpes se me queda escasito para lo que merecerían todos ellos. Me cabrea mucho porque con nuestros votos les ponemos donde están.

Coalición Canaria, en Educación, acaba de ponerse la guinda en la punta, y pretenden que hagamos como que lo de la cosa pública es sólo un calificativo que, en la gruta en la que parecen que viven, se daba a las mujeres de vida disoluta.

Los reto a que pongan por escrito las prohibiciones que manifiestan a viva voz, pero no sin antes ejercer alguna reflexión sobre dónde están, quién los coloca, y a dónde irán si el electorado cambia de opinión a la búsqueda de un personal algo más competente que administre los intereses públicos. Los públicos, insisto, que los suyos personales deben dejarlos en el perchero antes de entrar.

 

 

 

 

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