Hospital

 

 

Antonio Lorenzo

[Lunes, 19 de octubre de 2009]

 

 

 

 

 

 

Cuando llegamos a cierta edad y vemos lo que ocurre con amigos, conocidos y no tan conocidos, nos hacemos la pregunta: ¿cuándo nos llegará?; ¿cuándo me tocará a mí? Y esa interrogación se refiere a cuando ese pequeño motor, ese músculo con una fuerza inconcebible que, desde el centro de nuestro pecho bombea litros y litros de sangre falle, y nos dé un susto más o menos profundo. Y eso me ha ocurrido hace unos días. Pero ese no es el tema de nuestro comentario. Para mí lo importante es que como consecuencia, se dan una serie de circunstancias que tenemos que tener en cuenta. Y esas circunstancias causan un ánimo de agradecimiento que tiene que exteriorizar. Y ese agradecimiento y ala vez admiración a quienes desde el primer momento se han ocupado de ti.

Desde el momento en que en la urgencia hospitalaria el personal de guardia se preocupa de que la circunstancia te afecte lo menos posible hasta que te dicen: “Ya puedes irte a tu casa”. Cuarenta y ocho horas en la UVI (como me acordaba de la ley de la relatividad del sabio Einstein), no son cuarenta y ocho horas, son una eternidad. Menos mal que unas personas están pendientes continuamente de tu situación y fundamentalmente con una delicadeza y atención que te hacen sentir que de aquello vas a escapar.

Recuerdo desde el primer instante cuando una enfermera se identifica diciéndome: “Yo soy de los...” y en esos puntos suspensivos va incluido un sobrenombre, un ‘nombrete' como decíamos antes, que me hace responderle: “Por la edad no éramos amigos en el sentido corriente de la palabra, pero me llevaba muy bien con tu abuelo”. Mi mayor entretenimiento en esas eternas cuarenta y ocho horas fue comprobar una y mil veces, que los dos relojes colocados frente a la habitación no estaban sincronizados; tenían dos minutos de diferencia y, por mucho que esperé, el retrasado nunca alcanzó al más rápido.Otra vez la ley de la relatividad: ¿Cuál era la hora verdadera? No comprendo y hasta me indigna que haya personas que protesten del atendimiento en el ‘Hospital Doctor José Molina'.

Mi agradecimiento a todos, desde el personal de mayor responsabilidad hasta quienes ejecutan las tareas más simples, pasando por quien al parecer tiene esa misión laudable de visitar diariamente a cada uno de los enfermos. No cito a nadie personalmente, ya que para mi son absolutamente anónimos. Solo hago una excepción con mi compañero de habitación, gallego y creo que de nombre Alejandro, con quien cometí la incorrección involuntaria de no despedirme, por no coincidencia de hora de nuestra alta hospitalaria. Perdona.

 

 

 

 

 

 

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