
Esteban Melo
[Martes, 13 de octubre de 2009]
Se supone que el autor de la misma, Fernado Castanedo, no se debe a agencia de viajes alguna, y que ha transmitido sus sensaciones, positivas y negativas, y que su balance final es la sensación de que es una isla para visitar.
Las líneas dedicadas a Arrecife, las transcribo por su interés: “Una vez en la capital, la calle León y Castillo y sus alrededores son la zona ideal para darse a las compras y ver las pocas casas terreras que quedan. De portales frescos y ventanales con postigos, son típicas de la desprotegida arquitectura civil lanzaroteña”.
De aquí se extrae un mensaje para el Ayuntamiento capitalino, por si le parece que en la responsabilidad de elaborar un catálogo de bienes protegidos, recién aprobado, recoge realmente las esencias de la ciudad y lo que Castanedo retrata. Y si de lo recogido, se garantiza que pervivirá durante algún tiempo para el disfrute de todos, o realmente es un catálogo expresión del consentimiento a la golfería, con el fin de garantizar los intereses de unos poquitos promotores, lo cual es demostrable con el documento en la mano.
A la población lanzaroteña, y a sus dirigentes, ávidos de pasarse el día mirándose el ombligo, les sugeriría una rápida puesta de pilas y una reflexión en torno al papel turístico que juega y ha de jugar esta isla y sobre los asuntos que hay que poner en venta para elevar el listón. Si alguien todavía lo duda, el visitante medio, pasa por su capital, no sé si mayoritariamente, del mismo modo que los visitantes de cruceros, miles de ellos, se pierden por ella a la búsqueda de algunas señas que le cuenten algo sobre el recorrido histórico de la ciudad. No sólo una iglesia y un castillo infrautilizado sirven para ahuyentar la cara de perplejidad y espanto ante una urbe tan calamitosa y a la que no se le acaba de sacar el partido que sus condiciones permitirían. No vienen a ver arquitectura posmoderna, imposibles convivencias, ni el diálogo de una arquitecto, borracho de vanidad y fatuidad, con el medio. Que menuda basura andan regalándonos. Lo mismo se puede afirmar de un disparatado San Bartolomé o de un desaparecido Tías que no llega a convertirse en ciudad, como de La Graciosa o La Caleta.
Apreciamos, de los otros, lo que les hace diferentes, disfrutamos de ello y les aplaudimos. De vuelta a casa, anteponemos el lado oscuro, sacamos nuestros complejos y carencias y peleamos por huir de lo que somos. No nos percatamos de que lo mejor, en esa dimensión que nos toca jugar en el difícil mercado turístico, somos nosotros mismos y aquello que hemos construido durante algunas centurias. Si no por nosotros, lo que corresponde hacer, lo deberíamos hacer por ellos.
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