Mario Alberto Perdomo
[Lunes, 25 de mayo de 2009]
Con tenaz persistencia, una idea fija asalta la mente de los miembros de la oposición: Carlos Espino. Anímicamente perturbados, van a la caza y captura de la idea fija que se les ha instalado en los adentros, para erradicarla. Es pura obsesión con el socialista Carlos Espino. Por oposición se entiende aquí, en sentido amplio, los actores políticos y de otro orden que sienten inquina hacia Espino.
Tiene fácil explicación la ojeriza que despierta Espino entre la oposición. Es superior política e intelectualmente a todos ellos juntos; trabaja más y es más listo que todos ellos juntos; tiene mejor sentido del humor, es más popular y tiene más poder que todos ellos juntos; controla más y mejor los resortes del poder que todos ellos juntos; y, de último, se peina mejor que cualquiera de ellos. Éste es el problema. Al medirse dialécticamente con Carlos Espino, entran en barrena. Se sienten inseguros e inferiores.
Siendo, para la oposición, el antídoto desprenderse de la cáscara de la mediocridad, leer más, pensar más o trabajar más (y peinarse mejor), optan en cambio por ponerlo a caer de un burro a falta de argumentos mejores. Sueltan bichos por la boca, oye. Optan, en fin, por negarlo y exterminarlo en la creencia de que todo les iría mejor si desapareciera de la escena política. Pero estas obsesiones no se sanan así.
Una posible solución podría ser que cada organización ofrezca ayuda a las personas obsesionadas con Espino que detecte que en su seno. Una ayuda personalizada, sin desdeñar las terapias de grupo por aquello de dejar de sentirse raro compartiendo con los demás obsesionados con lo mismo. Eso sí, siempre a largo plazo porque estas cosas van lentas y no hay remedios mágicos. La ayuda giraría en torno a la aceptación del otro que es diferente, y mejor, y en la aceptación de un mismo que también es diferente, aunque peor. Dialogando con las obsesiones se aprende muchísimo sobre uno mismo, pudiendo llegar a aceptarse las limitaciones propias. En lugar se culpar a los demás, a Espino, de lo mediocre que uno es.
Porque el problema es que, para poder ser, la mediocridad reinante necesita que nadie se salga del tono medio de la generalizada mediocridad. Si sobresales, te llaman la atención con inusitada crueldad. Claro, quedan retratados.
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