Mario Alberto Perdomo
[Lunes, 18 de mayo de 2009]
Pocos han retratado mejor el sentimiento que despierta Gran Canaria como el poeta gomero Pedro García Cabrera, en combinación con la música de Manolo González y la voz de Olga Cerpa. Y todos de la mano de Mestisay. “Para saber que te llevo en el costado clavada no has de leerme la mano, ha de bastar mi palabra. Mas si la quieres leer verás tan sólo sus rayas, los caminos de una isla que se llama Gran Canaria”.
A Gran Canaria me siento unido desde niño. Su capital siempre me sobrecogió. Aquel bullicio grande, tolerante y cosmopolita. Igual me sucedió con sus paisajes rurales, hermosísimos. Tanta gente y tantos espacios íntimos... Pero, sobre todas las cosas, sus gentes... Conmueve el déjame entrar de los grancanarios, su dulzura, su ingenioso sentido del humor, la manera cómo te acogen siendo un desconocido, su carácter abierto y moderno...
Me causan enorme rechazo y me disgustan los disparatados brotes anti grancanarios que surgen desde el lado más oscuro, aunque minoritario, del chicharrerismo profundo. Siempre buscando dividir, oprimir e imponerse. Negando la esencia del otro como excusa para la reivindicación de lo propio y la conquista de viejos sueños centralistas. Esa disputa estéril por conseguir la nada. Dan ganas de decir: ¡Chacho, cúrratelo, dedícate a lo tuyo y deja a la gente en paz!
El penúltimo brote consiste en negar el vocablo ‘Gran'. Que es lo mismo que decir necesito quitarte a ti para tratar de ser yo. Un cuelgue como otro cualquiera. Carne de diván. Afán de notoriedad y sesgo autoritario. Alimentada la locura desde los entresijos del poder arcaico, se nos invita a participar en el circo.
No hay pleito insular. Es una falsa discusión que, entre otras consecuencias, excluye a quienes ni nos va ni nos viene semejante chorrada del debate central de la construcción equilibrada del Archipiélago. Es un falso debate que oculta pretensiones hegemónicas y galopantes senilidades, ante las que no hay arrestos para ponerles coto. Una agenda marcada por cuadros personales que, lamentablemente, tienen proyección social, política y económica. Una asignatura pendiente con la contemporaneidad. Un yugo que quien más lo sufre es la propia sociedad tinerfeña.
Adoro Gran Canaria. Su capital, su espacio rural, sus gentes, y, sobre todo, su nombre.
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