Anónimos en la red

 

 

Martín del Mar

[Martes, 5 de mayo de 2009]

 

 

 

 

 

Muy interesante el asunto del anonimato en los medios de comunicación. Una llamada a la radio, un texto en un programa de televisión o un comentario en un periódico digital. Lo más interesante de esta novedad radica en la democratización de la información y la opinión.

Aunque se trata de un fenómeno global, en Lanzarote tiene el acento en la (en general) pérdida de credibilidad de los medios de comunicación y en la desafección hacia la política y las instituciones públicas. De ahí brota el periodismo activo de la mano de la participación ciudadana en los ámbitos de la información y la opinión, y también en la búsqueda activa de soluciones a los problemas insulares. Esta nueva manera de entender y ejercer el periodismo propicia una mayor participación, discusión e interés por las cuestiones públicas. Todo lo cual es bueno. Sobre todo porque sienta las bases para escuchar otras voces, otras palabras y otro universo. Otra realidad.

Hasta hace muy poco tiempo, los medios de comunicación lanzaroteños constituían el cuarto poder, en sentido estricto. A veces el primero. La empresa periodística establecía sus intereses y los periodistas se convertían en sus ejecutores. O eso o el despido. El transmisor determinaba la realidad y el receptor (lector, radioyente o televidente) hacía de mero receptor para conformar la opinión pública. Publicada, más bien. Eso se acabó.

Hoy, los receptores utilizan activamente los medios. Ya no son públicos pasivos, sino actores con capacidad de réplica en tiempo real. Por lo tanto, la audiencia se ha transformado en usuarios. En este nuevo contexto, tanto el periodismo informativo como el de opinión se prestan a que el usuario-receptor del mensaje pueda comentarlo, refutarlo o aportar datos nuevos.

Buscar información, filtrarla, contrastarla, editarla y publicarla decidiendo acerca de su relevancia, oportunidad e interés, era hasta ayer una facultad exclusiva de las empresas editoras y/o los propios periodistas. Lo dicho: ya no. Estos son cada vez más conscientes de que, en el nuevo esquema de la información interactiva, la emisión de los mensajes ya no proviene de la materia gris del cuarto poder y sus vínculos con otros poderes, como el económico y el político. Los medios interactivos permiten al usuario hurgar, preguntar, interpelar, exigir y reclamar. Y, llegado el caso, poner a parir. Sin control editorial previo, se diluye la autoridad del cuarto poder.

Sin embargo, esta nueva forma de relación entre los propietarios de los medios de comunicación, los intermediarios (los periodistas) y sus destinatarios tiene una asignatura pendiente, de corte ético, cual es la privacidad, control y abuso de estos nuevos canales que, por lo general, son utilizados de manera anónima. No admite discusión el hecho de que quienes nunca tuvieron la oportunidad de expresar su opinión, lo puedan hacer ahora sin mediaciones ni censuras. Esto también es bueno para la salud democrática de la isla. Pero observamos con mucha frecuencia como los hay que se conchaban para destruir la información o la opinión, con fines espurios. La cuestión es muy obvia: q ué restricciones a la libertad de expresión resultarían aceptables, en el territorio virtual, para minimizar o eliminar este uso perverso por parte de autores encapuchados.

Aunque ya se debate sobre códigos de conducta en este campo, el recurso inmediato es filtrar los comentarios para evitar las nocivas y anónimas emisiones de veneno. Una posible solución es la moderación, es decir. No la censura, sino la moderación. El objetivo no consistiría en que los comentarios estén bien y correctamente escritos, pero sí que lo que se difunda se haga éticamente.

El ideal es la auto regulación por parte de los usuarios. Pero como por ahora no cabe esperar imposibles, podría empezarse por la siguiente máxima: No diremos nada on line que no diríamos personalmente o quitándonos la capucha.

 

 

 

 

 

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