CARTAS AL DIRECTOR

 

El pastor de olas y volcanes

 

 

Agustín Guimerá

[Lunes, 4 de mayo de 2009]

 

 

 

 

El amigo Ginés sorprendió a nos todos con su trabajo Una imagen vale más que mil palabras. La Graciosa versus Alegranza, en el Aula del Mar, organizada por Líneas Marítimas Romero, en La Graciosa.

Siempre pensé que tras su figura delgada y rostro barbado, curtido por mil vientos, se escondía una paradoja de artista, filósofo, bohemio, conversador y ermitaño. Pero no estaba preparado para lo que se me vino encima esa tarde. Ginés, con su voz socarrona, alentó a la audiencia a relajarse y disfrutar de este paseo íntimo por el Archipiélago Chinijo, una visión personal que nunca había mostrado al público. Y, de pronto, abrió el cofre del tesoro...

Durante una hora me sentí atrapado en un universo estético colosal, apabullante como una capilla sixtina del océano. Encadenado a la silla durante una hora, las imágenes y la música –sabiamente escogida para cada serie de fotos- me cautivaron como la bruja de la Montaña Amarilla , descrita en el poema de Tasso hace quinientos años. La tortura emocional era insoslayable. No sabía si suspirar, llorar, sonreir o soñar, ante la visión de una Arcadia casi perdida, aquella Canarias primigenia, anterior a la llegada del hombre.

A lo largo de muchos años, este peregrino ha observado y fotografiado el entorno natural de La Graciosa y sus islotes con curiosidad, amor y respeto. De pronto, el horizonte marino, la costa, el volcán y el oleaje se convierten en objetos en sí mismos, que nos contemplan y nos hablan. Como salidos de un cuadro de Turner, las nubes, el mar y el cielo se mezclan en una danza variable, según las estaciones o el momento del día y de la noche. La luna preside el paisaje y las nubes reptantes decoran el Río y el acantilado de Famara. Los conos volcánicos de Lanzarote parecen flotar con la bruma o la calima. El mar fotografiado por Ginés es ya una pintura de López Ruiz, con sus olas de color esmeralda. La ballena de Alegranza se viste de colores intensos en primavera y Montaña Clara es una pirámide de basalto máfico. Hay momentos en que Matisse entra en escena, con sus masas contrastadas de colores. “Pero, Ginés, ¿esos colores son reales o es un truco de tu programa informático?” “¡Que va! –contesta el amigo- Están ahí fuera. Solo hay que pararse y mirar”.

Otra vuelta de tuerca y el artista se convierte en ornitólogo, botánico o entomólogo, para invitarnos a observar otros planetas escondidos. Las aves de La Graciosa constituyen una hermosa metáfora de la libertad que nosotros, seres mortales, sujetos a la rutina diaria y sus miserias, buscamos ansiosamente. El vuelo de una rapaz o de una pardela se transforma en una obra de arte, suspendido para siempre en el objetivo de una cámara. Pero Ginés ama lo grande y lo pequeño. Con su teleobjetivo -¡bendita tecnología!- escudriña los senderos, retratando a libélulas, escarabajos o abejorros. Su mirada pasa de la ensoñación al drama. La araña que acumula las carcasas de sus víctimas o el halcón que nos mira con su ratón atrapado en el pico nos dan una lección de supervivencia.

El humor también hace acto de presencia en este universo isleño. Las piruetas de los pájaros o sus posturas circenses arrancan una sonrisa al espectador. Los animales incluso dialogan con nosotros, mirando a la cámara con una mezcla de curiosidad y recelo. En realidad, toda la obra fotográfica de Ginés es una gran conversación con la Naturaleza. El hombre siempre queda en un segundo plano a lo largo de este discurso: pescadores bogando en el Río, un surfista luchando con el oleaje o unos niños que sonríen a la vida.

Del universo del paisaje pasamos al universo de la materia, sin solución de continuidad. Siguiendo la estela de su maestro César Manrique, el artista explora las texturas de un liquen, un charco de agua salada o una grieta volcánica, donde predomina un mensaje abstracto. Hay perfiles de montañas sobre un cielo crepuscular que se asemejan a un cuadro moderno, digno de ser expuesto en una galería de arte.

En definitiva, la obra fotográfica de Ginés es un canto a la vida, una lección de humildad para nosotros, pobres “urbanitas”, que ya no tenemos tiempo para observar el entorno natural del que venimos. Es asimismo un mensaje optimista, señalando el camino para una mayor realización como seres vivos y conscientes a la vez.

“A poor life is this if, full of care,

We have no time to stand and stare.”

(¡Qué vida más pobre es ésta si, llenos de preocupaciones,

No tenemos tiempo para parar y abstraernos!)

Las palabras del poeta inglés resonaban en mi cabeza cuando se encendieron las luces, al término de la presentación. Ginés nos estaba invitando a la humildad, el silencio y la observación en la Naturaleza. Cada isla esconde el ancho mundo, si nuestro corazón permanece abierto a los dioses, a la capacidad de sorpresa y conocimiento.

Gracias, amigo Ginés, por este regalo inesperado. Que el océano y el volcán te sigan inspirando.

 

 

 

 

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