Martín de Mar
[Miércoles, 29 de abril de 2009]
Lanzarote tiene algunas asignaturas pendientes de resolver. Entre ellas, el debido y muy institucional reconocimiento a sus mejores hijos e hijas. La deuda es vieja y no logra saldarse por el encanallamiento a que está sometida toda propuesta. Defensores y detractores se enzarzan en viejas peleas tomando parte de manera radical, cuando no azuzan un conflicto que ni les va ni les viene. Tan sólo les conviene. Es una secuela más del ciego partidismo con que, con demasiada frecuencia, se viven los acontecimientos insulares, incluso los más íntimos. A fin de cuentas, una manifestación más que evidencia la necesidad imperiosa de someter la isla y su población a intensas y prolongadas sesiones de terapia.
La isla está herida a causa de las infinitas heridas abiertas entre sus habitantes. Después, están los familiares y los amigos de los heridos, que por eso mismo se ven impelidos a descender a la arena a partirse la cara por los suyos. O simplemente, y por eso mismo (por familiares y amigos), son arrojados a la arena sin comérselo ni bebérselo. La cosa es echar leña al fuego para mantenerlo vivo. El conflicto es artificioso, cultural, y ni es sencillo de tratar ni se resuelve en poco tiempo.
Los candidatos a hijos predilectos, a hijos adoptivos o a dar nombre a una vía pública saben muy bien de esto. El Reglamento de Honores y Distinciones del Cabildo data de 1966, y ya ves el número de personas que han sido reconocidas y distinguidas. Se cuentan con los dedos de una mano. Hay Ayuntamientos que carecen de Reglamento y los que lo tienen apenas si lo han utilizado. En los terrenos de la ciencia, el arte, la medicina, el deporte, la literatura, el periodismo, la docencia, la política, la cultura popular o el altruismo, entre otros, ¿acaso no ha habido ni hay personas cuya trayectoria deba ser reconocida? La respuesta es sí. Las ha habido, las hay y las habrá. Están a la altura de dicha exigencia, pero no puede decirse lo mismo, en general, de quienes juzgan y deciden, que son los representantes públicos.
Abundan entre ellos, mucho más de lo deseable, los que no leen, los que no escuchan y los que no saben ni quieren saber. Tanda mezquindad, tanta miseria y tanto culto al lado más oscuro de la condición humana se ha cobrado varias víctimas. Los casos más señalados en la isla son el de César Manrique, en el ámbito de los hijos predilectos, y el de José Saramago, en el de los hijos adoptivos. El segundo todavía es cuestionado por los sectores más embrutecidos de la sociedad insular, mientras que el primero vio frustrados, en vida, dos intentos de declaración, por lo que hubo que esperar a su fallecimiento para que prosperara la iniciativa. Así que adoptivos o predilectos, pero siempre que estén muertos. En vida, ni agua ni aire. Ni los buenos días, siquiera. Todo lo cual enlaza con uno de los grandes sufrimientos de las personas que la padecen: la envidia.
Criterios, escala y medida. Sin estos tres principios básicos será difícil salir del atolladero del reconocimiento institucional. En el ámbito insular, una persona puede reunir todos los requisitos para ser hijo adoptivo, pero otra, quizá, se queda sólo en la escala de la medalla de oro. O de plata. Y así con todos. Igualmente, en el ámbito municipal, una persona puede reunir todos los requisitos para ser hijo adoptivo, pero otra, quizá, se queda sólo en la escala de la medalla de oro. O de plata. O en nombrar una calle. Y así con todos. Consciente del debate que se ha abierto, ni digo, ni no digo. Primero, criterios, escala y medida. Luego, a reconocer a los muertos pendientes y a los vivos antes de que se mueran. Rechazo la máxima que dice: “Predilectos, adoptivos y calles sí, pero siempre que estén muertos... y depende”.
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