Mario Alberto Perdomo
[Martes, 21 de abril de 2009]
La pugna por el territorio, versión finca urbana o urbanizable, explica casi todo lo que está pasando en Lanzarote en los últimos tiempos. Desde la inestabilidad política e institucional a la crispación del clima de convivencia, pasando por las descalificaciones personales, los desencuentros y la corrupción. La intervención de la justicia en la pugna por el territorio está alterando las reglas convencionales del juego que venía rigiendo, y que se basaban en la opacidad y la impunidad. Parece que ya no es así, y esta es la esencia del problema. Un problema que necesita ser cuantificado para comprender sus verdaderas dimensiones. Pero, ¿cómo se cuantifica?
Sencillo. Coge la calculadora. Al ‘rolaso' limpio, vete sumando el coste de los establecimientos alojativos cuestionados por sentencias judiciales firmes. Pon lo que te parezca… Suma 36 millones de euros a devolver en concepto de ayudas europeas por incentivos económicos regionales. Añade, por último, el coste de oportunidad de lo que no podría ser edificado ni vendido debido a la aplicación de las leyes urbanísticas y territoriales. Pues eso, unos 600 millones de euros. ¿Lo entiendes ahora?
Cuando lo que está en juego es un volumen de negocio tan descomunal, lo normal es que la gente pierda el norte, el sentido de los límites, la escala de valores y la percepción de lo que está bien y lo que no. Lo normal es que los afectados hagan lo imposible, y más, para sacar adelante sus negocios. Caiga quien caiga. Se contratan los mejores abogados, se trata de influir sobre la Administración de Justicia, se compran voluntades políticas, se presiona a los partidos políticos, se controla a los medios de comunicación, se diseñan y se ejecutan campañas, se editan libelos anónimos, se investiga y se desacredita a los opositores del esperpento, se sacan los perros a ladrar y a morder, se muñen mociones de censura y se unta a quien sea menester. Si aún así hay resistencia, se va a por todas. Entonces se aterroriza como se pueda.
El último eslabón consiste en causar terror. Un miedo muy intenso. A la pérdida de puestos de trabajo y de privilegios, a la merma de la convivencia o a la estabilidad política e institucional. Un miedo muy intenso ante la posibilidad de que la isla se vaya al carajo. Aterrorizar es un método tan antiguo como la humanidad, pero muy convincente y expeditivo. La dominación por el terror se alimenta de la parálisis y el silencio que el miedo ocasiona. En una sociedad como la lanzaroteña, de natural pacífica, para llegar hasta ese punto es necesario que se produzcan una serie sucesiva de actos de violencia figurada. Para que la gente entienda. Así se crea el conveniente clima de terror.
En el caso de Lanzarote, el terror es un género literario. Intimidatorio, pero literario. De hecho, busca, y consigue, causar miedo o, en el mejor de los casos, angustia en el espectador. En el ciudadano. También en quienes plantan cara a la impunidad y a la opacidad que rodea los ámbitos de la corrupción con fines parcelarios, versión finca urbana o urbanizable. Y lo consiguen. Hay que reconocer que lo consiguen. ¿Entonces, por qué resistir? ¿Para qué resistir?
Interesante pregunta... Partida de ajedrez. Una simultánea. En el primer tablero, las blancas dan jaque; mate en tres. En el segundo, las blancas dan jaque en dos y mate en cuatro. En la tercera, juegan blancas y se comen a la reina negra. En la cuarta, juegan negras y se rinden. En la quinta, las negras piden tablas y la respuesta es ¡ni de coña! En la sexta...
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