Mario Alberto Perdomo
[Martes, 21 de abril de 2009]
No hiere quien quiere, sino quien puede. Con lo otro pasa lo mismo: no chantajea quien quiere, sino quien puede. Intentar coaccionar es una cosa; conseguirlo, otra bien distinta. Es un arte tan antiguo como el poder, sutil, unas veces; cruel y descarnado, otras. Brutalmente arcaico, las más. Entre adultos, en el ámbito del poder y mediando sentencias judiciales firmes, las consecuencias de los intentos de coacción pueden ser muchas e imprevisibles. Pero lo normal es quien se siente extorsionado tenga una reacción de rechazo radical. En general, los seres humanos somos intolerantes a las amenazas, sobre todo cuando carecen de sentido, no proceden de una persona de gran referencia moral o afectiva, como pudiera ser un padre, y buscan efectos inmediatos como la intimidación y el retracto.
Se equivocan quienes recurren al chantaje buscando hace recular al otro y el escarmiento. No funciona, sencillamente. Tras un primer momento de duda (¿hasta dónde es capaz de llegar esta gente?), se pone en marcha un poderoso mecanismo interior que te posiciona en la vida y en los principios y valores que la rigen. Ese dispositivo, pariente cercano del instinto de supervivencia, florece y se transforma en busca de espacios esenciales como la decencia, la honestidad o la integridad. Así se planta un ser humano para encarar los más duros embates de la vida, mientras se susurra a sí mismo: “Este es mi lugar en la vida, este soy yo. No puedo dar un paso atrás”.
Ni un paso atrás. No hay más consecuencia que ésta frente a las amenazas. Alguien puede llegar a creer que con él se acaba el mundo o la isla. Se equivoca. O puede llegar a pensar que o él o el caos, todos o ninguno, o si cae lo mío me lo llevo todo por delante. Es un síntoma de inmadurez emocional, tan sólo. Como cuando éramos chicos, ¿te acuerdas?, y nos pasábamos horas buscando una pelota para jugar un rato. Hasta que aparecía la pelota, pero en brazos de su dueño.
A veces, el dueño de la pelota se creía el centro del mundo y el dueño del destino de los demás. Y así era, no creas. Con tal de darle unas patadas, reverenciabas al dueño. Éste aprovechaba tamaños deseos futboleros para imponer algunas reglas particulares, que sólo regían para él, o cuando a él le parecía. Por ejemplo, podía coger la pelota con la mano y no era falta. O se erigía en único árbitro, a la par que jugador, aplicando el reglamento a su puta bola. Y te aguantabas. Pero nada más comenzar el juego, como en la vida, cada cual retornaba a su verdadera naturaleza, y el amo de la pelota se quedaba de portero aguantando tremendos balonazos, o, en el mejor de los casos, intentaba participar en alguna jugada, sin éxito alguno. O sabía, o se quedaba al margen. El desenlace siempre era el mismo. El propietario del balón acababa agarrándolo y se marchaba. Se acabó. ¿La razón? Era el dueño de la pelota. Le pegaba fuego al hermoso ratito y se autoexcluía. Por eso no hacía amigos.
Estas actitudes se graban a fuego y se dan casos, ya entraditos en años, en los que el chaval sigue creyendo que no hay más juego el suyo, ni más pelota que la suya, ni más dueño de pelota que él, ni más reglas que las suyas. Sólo él y su pelota. Y como no le gusta cómo va la cosa, se la quiere llevar otra vez. Qué extraño... Pero si estamos jugando al ajedrez... Jaque. Juegan blancas y dan mate en tres.
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