El naufragio

 

 

Martín del Mar

[Martes, 7 de abril de 2009]

 

 

 

 

 

 

 

Aunque la crisis tiene la última palabra, todavía hoy el mar es hoy fuente de riqueza y de prosperidad: playas, orillas y turistas. Pero no siempre fue así. No hace tanto tiempo que trabajar con/en el mar era sinónimo de extrema dureza. A menudo, se perdían embarcaciones y vidas.

La pintura reflejó el caso de la Medusa, grabándolo a fuego en la memoria colectiva. En 1816, más de un centenar de tripulantes de rango inferior fueron abandonados a su suerte en una balsa mal avituallada. Días más tarde, unos pocos fueron rescatados con vida, sobreviviendo a una horrorosa pesadilla: sed y hambre en medio de matanzas y casos de antropofagia. La jefatura trató de ponerse a salvo, mientras que el desamparo fue el destino de los más débiles. La cultura popular recuerda aún la tragedia del Valbanera, naufragado en 1919 en las costas de los Estados Unidos de América. No hubo supervivientes en un trayecto que había hecho escala en Santa Cruz de La Palma.

En nuestro itinerario reciente, hemos asistido a la p érdida de embarcaciones de diversa procedencia, como es el caso del Telamón (Lanzarote, 1981) o el American Star (Fuerteventura, 1994). Pero también se han perdido vidas; las últimas, más de 20 personas que iban a bordo del barquillo que volcó en las costas de Lanzarote el pasado mes de febrero. Murieron más de 20 personas, muchos de ellos niños. Sin embargo, ninguna desdicha causa tanto dolor como la propia. Entre las fatalidades marítimas, ninguna como la del Cruz del Mar. Y ningún naufragio como el que narra Ángel Guerra en La Lapa.

Nuestra historia es la de un naufragio permanente. También en la esfera de las grandes pérdidas. La barrilla, la cochinilla, la flota pesquera, la industria de transformación de pescado, la actividad salinera... y ¿el turismo?

La industria turística local está en entredicho. Algunos factores externos invitan a pensar que se acabó la borrachera, como son la creciente competencia de otros destinos más atractivos y baratos, o la presumible carestía de los viajes aéreos. Otros factores, internos, son responsabilidad exclusiva de la sociedad insular, que no ha sabido aprovechar con cabeza el enorme potencial que el turismo tiene para el desarrollo, agotando en el presente las posibilidades de prosperidad del futuro.

En clara sintonía con los postulados de la presidenta del Cabildo, el jefe del equipo redactor de la Revisión del Plan Insular de Ordenación, José María Ezquiaga ya plantea la diversificación económica como un pilar para la supervivencia. Pero, ¿es posible esquivar un nuevo naufragio colectivo?

El destino, como el mar, es impredecible. Hay sin embargo, cinco reglas básicas que pueden reducir los riesgos de un desenlace fatal: nunca le des la espalda al mar (nunca le des la espalda al futuro), navega en condiciones de máxima seguridad (con las cosas de comer no se juega), asístete de un patrón experimentado y de una tripulación competente (no dejes las cosas importantes en manos de chiquillaje), cúrrate la convivencia en un espacio tan reducido como es un barco (dialoga sin desmayo, busca soluciones a los problemas y llega a acuerdos sobre lo básico), y, si hay vías de agua, las mujeres y los niños primero, mientras que el capitán es el último en abandonar la nave (cuida de los más débiles hasta el final).

Recuerda la Medusa: era una balsa de piedra, un pesado lastre cuyo desenlace sólo podía producirse en el fondo del mar.

 

 

 

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