Mario Alberto Perdomo
[Lunes, 6 de abril de 2009]
Mudo o en Lisboa. Sólo así sería aceptado José Saramago por una vociferante minoría que se roncha cada vez que el Premio Nóbel de Literatura reflexiona sobre la realidad de la tierra que escogió para vivir. Una tercera opción para ser aceptado sería que se limite a escribir, obviando que vive en el mundo en que vive. Es decir, que sea un artista, pero encerrado en una urna de cristal y sólo para ser exhibido. Lo cual es conceptualmente imposible.
A Saramago le sucede lo que a Manrique. No piense, no opine, no hable y, mucho menos, para referirse a la política o a la intrahistoria insular. La política, para los políticos; los negocios, para los mercaderes; y la isla sólo para los que han nacido en ella y dicen ¿amarla? Hay amores que matan. Si Lanzarote fuera una mujer y cualquiera de éstos fundamentalistas su marido, viviría en casa, con la pata quebrada y la boca cerrada, entre bofetada y bofetada.
Lanzarote es un territorio habitado por algunos seres arcaicos, autoritarios e intelectualmente embrutecidos. Por eso, de vez en cuando, les surge un brote xenófobo. No son muchos, pero hacen tanto ruido que parecen que son más de los que en realidad son. En vano, eternos opositores a jefes y a hechiceros de la tribu, y que perciben la inteligencia como una amenaza. Añoran el viejo sistema caciquil, porque se ven a sí mismos como herederos del puesto para gestionar el páramo, látigo en mano.
Sólo son unos cuantos, aunque para ser necesitan imperiosamente que el nivel sea lo más bajo posible, lo más mediocre posible. A poco que suba la media, entran en crisis y sacan a pasear sus carencias. Y, en lugar de esmerarse y mejorar, hacen lo imposible porque los demás no progresen. En ello les va la supervivencia. El problema es que Saramago pone el listón en otra dimensión.
Me avergüenzan estos supuestos paisanos, aunque trato de comprenderlos. Creo que padecen un problema de adaptación a los tiempos y una enorme frustración por no conseguir ser lo que se soñaron. Así, culpan de su fracaso a todo aquel que pelea por sobreponerse a sus propios límites, con esfuerzo. Y, mucho más, a los que brillan en la diferencia. Y la envidia, don José, que corroe las entrañas de quien la sufre. Supuestamente, Dios se apiadará de sus almas. Sé que será usted compasivo.
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