
Mario Alberto Perdomo
[Lunes, 29 de septiembre de 2008]
A veces dudo. No sé si falleció o estamos ante un mal sueño colectivo. La cosa es que la impronta de Manrique en su tierra natal es de tal magnitud, que excede muchísimo la huella normal que deja tras de sí la obra o el pensamiento de un artista. Porque es mucho más que un artista. O se le ve como un todo, complejo y poliédrico, o no hay manera ni de entender la trascendencia ni la vigencia de su trayectoria, ni la rabiosa actualidad de su presencia. Y mira que han transcurrido 15 años…
Puede ser que César Manrique dificulte el florecimiento de otras organizaciones y personas. Puede ser que los Centros de Arte, Cultura y Turismo se vean abocados a convivir para siempre junto a su legado y su difusa presencia junto a aquella piedra, esta planta, este detalle... Puede ser que Lanzarote quede inevitablemente ligado a sus creaciones y a su discurso sobre el desarrollo insular. Puede ser que no haya manera de reenfocar el futuro territorial, paisajístico y urbanístico de la isla, ni el nuevo PIOL, ni el PTE, ni los hoteles ilegales… sin el referente inspirador de sus propuestas y de quienes las mantienen vivas: la mayoría de población. Puede ser que en todo esto sea clave la Fundación que creó, uno de cuyos cometidos es, precisamente, mantener vigentes su obra y su pensamiento.
El caso, y la cosa, es que no hay debate de cierta envergadura en el que no se introduzca, de una u otra manera, tanto su nombre como su visión de las cosas, desde la perspectiva de cada cual. Porque cada cual lo interiorizó de una u otra forma. Sin desdeñar las vertientes político-partidistas, a las que a veces conviene apelar a Manrique (o a la FCM) y a veces no. A veces gustan las posiciones de Manrique (o de la FCM) y a veces no. Depende al interés, variable como los tipos financieros, de cada cual. Buen rollo o caña sin cuartel.
A veces me pregunto cuál sería nuestro rumbo colectivo si hubiese vivido 10 ó 15 años más. No hay manera de saberlo. Ahora bien, con su ausencia y todo, nos ha ofrecido un extraordinario material para la resistencia civil y el rearme ético. Una excelente trinchera desde la que soportar las inclemencias de estos tiempos extraños que barruntan cambios civilizatorios. Cambios en cuya centralidad se situó Manrique. Y le llamaron utópico.
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