Artificios

 

Mario Alberto Perdomo

[Lunes, 12 de mayo de 2008]

 

 

 

 

 

 

 

Algunas polémicas me aburren. Otras me entristecen. Por artificiosas. La controversia suscitada en torno a la localización del Centro de Internamiento para Extranjeros (CIE) es una de ellas. El procedimiento siempre es el mismo. Un par de políticos oportunistas e irresponsables se apuntan a demagogos tratando de pescar votos, pulsan el lado más oscuro de las pasiones humanas, aventan el miedo, ponen a fuego lento el cazo del rechazo al otro, movilizan a unos cuantos de los suyos para que protagonicen y guarezcan la supuesta reacción espontánea de la ciudadanía y tolete el último. Al poco, el par de políticos oportunistas, irresponsables y demagogos dicen sentirse impelidos a defender los intereses de una población irritada y el escándalo está servido.

El amañado rechazo al CIE es la nueva máscara tras la que se esconde el brote de xenofobia, versión pobres y africanos, que, como un virus, ataca a los adalides de la pureza de la raza canaria, negando de paso el origen mismo del poblamiento de las Islas y su situación fronteriza con la desesperación que asola el continente olvidado por la civilización industrial. Es el nuevo rostro del cierre de las fronteras. Estamos ante una postura inhumana, y moral, política y éticamente rechazable. Moverse y desplazarse forma parte de la naturaleza de las personas desde que el hombre es hombre. Así ha sido siempre, así es y así seguirá siendo. Y más a medida de crezcan las desigualdades, la injusticia, las guerras, el hambre y la pobreza. En estos tiempos toca darse menos golpes en el pecho y arremangarse en la tarea de construir un mundo más justo. Mientras tanto, hay que acoger, internar temporalmente y devolver a sus países de origen a quienes tienen las agallas de jugarse la vida para buscarse la vida, y que por ello no son ni delincuentes ni potenciales delincuentes. Carecer de documentación no les priva de su condición de seres humanos.

Menos rollos, es decir, y movilizaciones mejores y de más altura de miras. No hay más patria que el vientre materno. Y puede que la primera infancia. Todo lo demás es ficción. Como ficticio es agitar la pancarta de la invasión. Su condena debiera ser permanecer en la oposición toda esta vida y reencarnarse oposición en la otra una y otra vez, hasta que aprendan.

 

 

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