
Mario Alberto Perdomo
[Jueves, 17 de abril de 2008]
Alternativa Ciudadana acaba de hacer públicas las cuentas de su última campaña electoral. Invirtió 11.683 € en la campaña al Senado y consiguió 773 votos, por lo que cada uno de los sufragios le costó 15,11 €. Como si de un oasis en un desierto se tratara, Alternativa persevera en la rendición de cuentas, no sólo ante los suyos, sino ante todo el que quiera detenerse a mirar. Este tipo de prácticas, por raras, siguen insuflando un poco de aire fresco en la escena política insular, a la vez que ponen en evidencia a las restantes formaciones políticas, pues no suelen decir cuánto se han gastado, ni cómo, ni en qué, ni la procedencia de sus fondos.
A pesar de reafirmarse en la transparencia económica, su carácter asambleario, su vocación por entroncar con los movimientos civiles y su propuesta consistente en hacer política de otra manera para regenerar la vida pública, se da la paradoja de que los resultados obtenidos por Alternativa en las dos últimas citas electorales no han sido los esperados, generando desencanto entre sus más activos integrantes. Se les nota en el rostro. Han perdido optimismo e ilusión porque se han desmovilizado sus otrora activas bases, así como el amplio y diverso espectro de simpatizantes y votantes que les apoyaba.
Además de la sangría ocasionada por las disputas internas en el pasado inmediato, Alternativa debe indagar qué otras razones han podido conducir al partido a la situación de debilidad que hoy padece. La sociedad insular es la que es, vale; los demás partidos han hecho su trabajo, de acuerdo; los medios de comunicación no han acompañado, bien; el personal una y otra vez vota a los mismos, pues sí… Estos factores explican la situación, pero hay uno en particular sobre el que se debe reflexionar a fondo, cual es que el germen de la decadencia actual anidaba en la propia esencia de la formación cuando dio el salto a la política partidista. Alternativa se inmiscuyó en exceso en la sociedad civil, tratando de representar y de absorber el dinamismo de la vida asociativa. Debilitada la base que propició la eclosión, se ha debilitado el proyecto. Había que hacerlo, sí; ahora llegó el momento de reconducirlo alentando activamente el fortalecimiento de una sociedad civil libre y sin ataduras. Es imprescindible.
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