
Mario Alberto Perdomo
[Lunes, 7 de abril de 2008]
CC transita el sendero de la autocrítica para tratar de recuperar tanto la implantación social que tuvo en otros tiempos como sus señas identitarias. En esto anda Coalición, buscándose a sí misma tratando de reconocerse, aunque el grado de profundidad de la introspección depende de qué isla se trate. Pues no le queda otra, si aspira a seguir desempeñando un papel protagonista en la escena política, aunque se extiende la convicción de que lo que CC necesita es una temporadita en la oposición. Si se busca regeneración y revitalización, el antídoto es pasar por la oposición. Quince años de permanencia ininterrumpida en el Gobierno de Canarias es un tiempo más que suficiente como para llegar a creerse que se es el dueño de la Comunidad Autónoma y que estar en el poder es el sitio natural de los nacionalistas. De ahí a acomodarse, un paso. De ahí a adquirir todos los vicios, medio paso más.
Acomodarse es sencillo. Llegas con ganas y te dicen que te lo tomes con calma, que te limites a mantener controlado tu pedacito en el corral. Es entonces cuando te das cuenta de que no estás ahí para trabajar hasta la extenuación, sino para disfrutar del merecido premio que significa haber llegado ahí. Como unas vacaciones pagadas, casi. Empiezas por los viajes, sigues por el fondo de armario, continuas por las comidas... y, en fin, se te instala el glamour en el espejo y cada día que te miras estás encantado de conocerte y de ser excelentísimo señor. O señora. Transcurridos quince años en la cúspide del poder, no hay que pensar mucho para darse cuenta de que CC se ha alejado de la gente, aunque parezca que está con la gente, y que la moqueta genera síndrome de Estocolmo. Y lo peor es que es tal la mediocridad, que hay codazos para alcanzar el premio.
Los vicios no son tan fáciles de adquirir. Los vicios son territorio exclusivo del aparato, de los dinosaurios, de aquellos que llevan vida y media manejando los resortes del poder. En su mayor parte, los afectados por el vicio del poder se desenvuelven en una discreta segunda o tercera fila, y ni siquiera suelen ocupar cargos públicos. Eso lo reservan para los vanidosos, dicen los viciosos, pues a ellos sólo los interesa el poder, y no su representación. Salvo cuando tienen la autoestima baja y no ligan.
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