Las firmas del miedo

 

Fernando Marcet

[Viernes, 8 de febrero de 2008]

 

 

 

 

 

 

 

13.000 firmas se recogieron en Lanzarote para sacar de la cárcel a Dimas Martín. No sabemos cuántas conseguiremos quienes no queremos otra cosa que mejorar los precios y la calidad de la cesta de la compra en Lanzarote. Pero mucho me temo que no alcancemos esas cifras ni de lejos. Lo cual habla bastante mal de nosotros mismos. ¿Qué nos pasa?

De momento, en la calle nos hemos encontrado de todo, pero las anécdotas invitan más al pesimismo que al optimismo. Un señor diciendo que íbamos a ir a la cárcel por meternos donde nadie nos llama, por ejemplo. Seguramente sería uno de los que firmó a favor del indulto. Apuesto que él preferiría vernos a nosotros en la cárcel, aunque no hayamos robado ni estafado a nadie, antes que al bueno de Dimas, que no hizo nada más que trabajar por el pueblo, como todo el mundo sabe.

Mucha gente asustada, con miedo a estampar su nombre en un papel que pudiera acarrearles funestas consecuencias. Me recordó una película que vi una vez, en la que la guardia civil franquista obligaba a los lugareños a permanecer tan asustados que jamás pudieran pensar por sí mismos, y mucho menos soñar con rebelarse alguna vez. Es el mismo tipo de miedo, salvando las distancias, que todavía subyace hoy en Lanzarote. Miedo a que uno de los caciques se entere de que tú firmaste el papel. Miedo a que un conocido de un conocido vea tu firma y se lo diga a alguien que conozca a alguien. Mucho miedo.

Algunos disfrazan el miedo de otra cosa. Para salvaguardar su integridad moral, se convencen a sí mismos de que todo esto es una manipulación de determinado grupo empresarial..., y así evitan el conflicto interno. No es que tenga miedo -- se dicen --, no es eso. Lo que pasa es que no quiero ser manipulado. Y ni ellos se lo creen, pero a todo el mundo le sueltan la misma historia. No quiero ser manipulado. En el fondo lo único que les pasa es que están muertos de miedo. Lo de la manipulación es una excusa que les viene como anillo al dedo para no tener que hacer nada y seguir tan tranquilos en su sofá.

No es fácil enfrentarse a unos poderes que durante tanto tiempo han regido los designios de esta isla. Por eso, quienes antes nos apoyan son precisamente las gentes que llevan poco tiempo en Lanzarote. Inmigrantes, residentes de otros países, del norte de Europa, de Sudamérica..., ellos son quienes antes escriben su firma, quienes antes se prestan a dar la cara en las manifestaciones. Ellos no tienen a un hermano de un sobrino trabajando para tal o para cual. Ellos no están enchufados en no sé donde gracias a que uno de los poderosos tuvo esa amable deferencia. Por eso ellos no tienen miedo. Llevan poco tiempo aquí como para haber sido contagiados de ese pánico, como para haber entrado en esa perversa cadena de favores. Ven una situación injusta y no dudan en señalarla con el dedo, sin pensar en las consecuencias.

Lanzarote siempre ha sido una isla de caciques. Pero cada vez somos más los que no queremos vivir en una isla de caciques. Ante esta incompatibilidad sólo caben tres opciones: O cambiamos la isla, o cambiamos nosotros, o nos vamos a otro lugar. No puedo hablar por los demás, pero en lo que a mí respecta lo tengo bastante claro. Ni me voy a ir, ni deseo cambiar.

 

 

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