Inmigrantes e intoxicados

 

Tomás J. López

[Jueves, 31 de enero de 2008]

 

 

 

 

 

 

Inmi e Into son dos vecinos de una misma ciudad, de la misma isla, que no se conocen, pero cuyos caminos un día se cruzaron por razones del azar y el mal gusto. Into es un pibe de aquí, del barrio, de toda la vida. En realidad se llama Aday Betancor Perdomo, pero todo el mundo le llama Into. En mal momento bajó la madre, de estas madres canarias pasionales, al parque del barrio (bueno, a eso que llaman parque), a defender al chiquillo. Fue en su época de colegio, con siete u ocho años, cuando cuatro chinijos mataperros lo zarandeaban. Tanto insistió la indignada madre en que a su hijo no se le empuja, ni se le roza, ni se le toca, ni se le acercan… que uno de los pibes terminó por responder: ¡Fuah, agüita con la vieja del intocable! Y así se quedó, Aday ‘el Into'.

Inmi tampoco se llama Inmi. A ella le pusieron Emy porque en su país, al otro lado del Atlántico, un día se pusieron de moda los nombres yakees. Pero su abuela, que del idioma de los gringos sabía poco, terminó llamándole Inmita, y de ahí lo de Inmi, que fue la fórmula que se popularizó. Ella, que todavía es joven, tuvo que salir un día de su país. No fue fácil ¿cómo lo iba a ser? En realidad aquel fue el peor día de toda su vida. Y no era la primera vez. No se acuerda mucho, pero sabe que de chica tuvo que irse de su pueblo natal por el empuje de las milicias y los paramilitares. Cuando no eran unos eran los otros, y cuando no, la policía o el ejército venían a “chingar”. ¿Para qué carajo querían ese par de hectáreas de tierrita si no les dejaban vivir en paz? Llegó a la ciudad, donde no había espacio para la gente del Valle. Y menos si la familia, como era el caso, estaba “comandada” por una mujer, la solitaria madre de Emy – o Inmi-, que en realidad de solitaria tenía poco, porque cargaba con cinco chiquillos. Cali tampoco era la panacea de la no violencia, y aunque allí vivía esa parte de la familia, Inmi prefirió ser una inmigrante en el extranjero que una hija de desplazada sin posibilidades de futuro. Cogió el avión con una llantina silenciosa que se veía en sus ojos y terminó afincándose en un barrio colindante con el de Into.

Into nunca tuvo que salir de su país. Por no salir no ha salido ni de la casa de sus padres. Como mucho se pasa el mes de vacaciones en la caravana de segunda mano que se compraron él y su piba. Tampoco las perras le alcanzan para más, pero eso luego se lo cuento. Como decía, Into nunca tuvo que salir del país, ni siquiera de la isla: se hizo un módulo y por aquí se quedó. No tuvieron tanta suerte algunos de sus familiares. El abuelo, mismamente, que faneó en la Costa, pasó sus buenos años allí en el continente. Luego estaba un tío abuelo que se hizo las Américas. Se fue a Venezuela y de él, al cabo de los años, poco más se supo. Antes que ellos, otros muchos ‘betancores' y ‘perdomos' ya habían salido. Sin ir más lejos, en los últimos meses Inmi permanecía atenta a los medios de comunicación a ver qué era de Ingrid Betancour y Consuelo Fernández de Perdomo, dos compatriotas suyas de apellidos canarios a los que las FARC iban a liberar de un secuestro inhumano. Into por lo pronto sabe poco de sus apellidos. Lo que tiene claro es que él es muy conejero, muy canario. Ni siquiera ha caído en que su nombre –el real, no el nombrete- que es guanche, es por tanto norteafricano, como aquel otro pibe al que un día llamó “moro de mierda”. Sus apellidos son europeos, normandos para más señas, pero con ellos se bautizaron majos, berberiscos, moriscos, judíos, negros y todos los que por la isla fueron llegando. Los antepasados de Aday Betancor Perdomo, ‘el Into', también llegaron algún día, como Inmi. Lo que pasa es que lo hicieron antes, mucho antes. Aunque muchos, como les conté, tuvieron que volver a salir.

A Inmi un domingo me la encontré en la parada de guaguas que está frente a la Estación de Arrecife. Para mí todavía era sábado, porque esa noche de verano me la había pasado de marcha. Cuando a las 6 de la mañana salí de La Biosfera ya noté que en la parada del Reducto, sin marquesina, estaban esperando varios compatriotas de Inmi para ir a trabajar a los hoteles y apartamentos del sur de la isla. Canarios pocos, o ninguno. A mí me dio hasta vergüenza pasar medio desfajado y tras una noche de juerga por delante de aquella gente que esperaba con paciencia a que llegase esa guagua que nunca llega. Yo, suerte que tengo, me pude montar en mi coche. Iba para casa, en Costa Teguise, cuando me encontré a Inmi, en el borde de la Medular, vestida con uniforme. Quise quitarme remordimientos y les pregunté a dónde iban. Inmi y dos compañeras de trabajo más se montaron con gusto y hasta el hotel las llevé, porque, total, quedaba al lado de mi casa. Algo pude saber sobre ellas por el camino. Trabajan en un hotel legal de la avenida Islas Canarias. Otros lo hacen en construcciones ilegales. A Into le revienta cómo esos ricachones de los hoteles, con el beneplácito de los políticos, han destrozado la isla, su isla, pero pocas veces –en realidad ninguna- ha ido más allá de las palabras. Inmi de cómo era la isla antes sabe poco. Ella la conoció así cuando se vino. Bueno, cuando la trajeron. Ella cree que “vino”, pero fueron esos mismos ricachones de los hoteles de los que les hablaba -y los que les siguen desde la poltrona o los micrófonos- los que ‘jalaron' de ella. Éstos fueron quienes idearon esta isla de la masificación, para sacar perras. Los “efectos colaterales” fueron la llegada de Inmi y la “reventadera” de Into, que de más atrás solía acampar en Pechiguera, donde ahora sólo hay cemento.

Inmi se desloma trabajando en los hoteles. Gana cuatro duros. Dos los quiere para pagar el alquiler, compartiendo piso con una prima y una amiga. Uno lo ahorra para mandárselo a la viejita, que se quedó con algunos hijos, al otro lado del Atlántico, y a la que no ve desde hace dos años. Con el otro duro Inmi vive como puede, yendo al supermercado lo justo, sin terminar de privarse de ir a tomar algo y bailar alguna cumbia el fin de semana que no trabaja. Inmi sabe que junto a ella ha llegado gente buena y mala, y entre los segundos hay algunos en los que late la violencia de la tierra que les vio nacer. Pero Inmi, y casi todos los que ella conoce, salieron de allá para desterrar la violencia, y sólo quieren poder vivir en paz.

A Into, como les decía, no le llega aun para irse de casa. Le gustaría alquilar algo e irse con la piba, pero aun está apurado pagando las letras del coche. Además, aunque los padres le “pasen factura” todos los meses, para que ayude, siempre le será más rentable que vivir por su cuenta. El trabajillo que consiguió en el taller de Playa Honda da poco dinero, sobretodo con lo que cuesta comer en Lanzarote. Mientras un par de “sacaperras” sigan controlando el negocio de la alimentación de la Isla a Into no le quedará otro remedio que seguir comiendo del potaje que prepara la madre porque, como todo el mundo sabe, donde comen dos comen tres.

Into está en una murga. Inmi de las fiestas de Lanzarote, por ahora, sólo conoce “los cochitos” de San Ginés, y poco más. Este año Into se prepara con el mismo entusiasmo que en los últimos cinco para vivir el carnaval. Montarse en el escenario le da un subidón, pasar a la final dispara su adrenalina y ganar… todavía, desde que él llegó, no han ganado, pero a Into le harían el hombre más feliz del mundo. Into está convencido de que su murga cuenta “verdades como puños”. Pero este año, tristemente, el puñete se lo han pegado a la la Carta de Derechos Humanos. Into y su murga pudieron haber cantado a los ricachones que le dejaron sin playa, esos que trajeron a Inmi y superpoblaron la isla; podría haber criticado a los que especulan con el pan nuestro –de Into, de Inmi, y de todos- de cada día; podrían contar lo difícil que es poder vivir dignamente con un sueldo, o lo imposible que está la vivienda para cualquier joven; podrían gritar lo injusto que se hace un mundo en el que hay quienes mueren en el camino hacia una vida sin miseria… Temas había, sin duda. Pero el letrista de la murga de Into, o no sé muy bien quién, prefirió ir contra Inmi. Sin ironía ni paños calientes, a saco. Le llamó “basura” y “plaga”. Le insultó por ir por la calle Real, a la que supuestamente estaba colonizando. Hasta le advirtió, con el tacto de un esparto, que debería acabar en el fondo del mar. Todo esto sin ser racistas, como es de suponer.

A Inmi esta salvajada le habrá sentado como una patada –otra más en su vida, aunque no la más dura. Into no comprende el revuelo, porque no es capaz de mirar el mundo desde los ojos de Inmi. Mientras, muchos piden a Inmi que se integre. Pero yo creo que se lo estamos poniendo bastante difícil. Sólo espero que los hijos de Into, y los de Inmi, se sorprendan algún día de que este tipo de cosas pasaran aquí, en la tierra que, para ese entonces, será de ambos.

 

 

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