
Tomás J. López
[Viernes, 28 de diciembre de 2007]
Hace tiempo que creo que la inquina que la cúpula eclesiástica predica hacia la homosexualidad es cuestión de competencia, al más puro estilo empresarial. La libertad sexual, de la que la homosexualidad no es más que una expresión, entre tantas, resta para Iglesia vocaciones seminales -de seminario conciliar, claro está. En cada gay o lesbiana que “sale del armario” la jerarquía advierte un sacerdote o una monja perdida para su propia causa. No hay más que ver la cuidada pluma de tanto mandamás religioso para entender de lo que hablo; eso sin tener que recurrir al dignísimo amaneramiento con el que Su Santidad se dirigió a la ciudad y al orbe desde el “balcón de las bendiciones” cuando fue proclamado Papa, con unos abanamientos propios del más entusiasta Drag tras recibir su banda –con todos mis respetos, para los Queens de nuestro carnaval, que siempre tendrán más jeito. Bromas aparte, lo que quiero decir es que la jerarquía eclesial se ha beneficiado durante siglos de la represión sexual que ella misma ha promovido y sigue promoviendo, convirtiendo a conventos, iglesias y monasterios en el espacio idóneo para el reclutamiento de potenciales –y efectivos- homosexuales. Así, la carrera religiosa ha sido durante demasiado tiempo la más digna de las salidas para una opción sexual considerada como perversa. Y la Iglesia se niega ahora a perder parte del negocio por culpa de los nuevos aires que trae la libertad y la diversidad. Sólo así se podrían explicar los cavernícolas adjetivos con que los prelados han calificado a los homosexuales (enfermos, desviados, pervertidos) así como su furibundo ataque hacía los niveles de igualdad logrados. No sólo se trata de que en la homofobia, como en cualquier forma de discriminación, haya un imprescindible componente de insatisfacción personal; además, en el caso de la Iglesia , de la no realización de millones de individuos, de su infelicidad, dependía buena parte de su poder y de su monopolio sobre la moral y los valores. Sólo así se puede sortear la aparente paradoja de que los más activos defensores de la exclusión de determinados modelos de familia sean precisamente individuos que han preferido renunciar a conformar una familia propia, en un ejercicio de libertad que merece tanto respeto como el que los demás reclamamos para nosotros mismos.
Sin embargo, nunca hasta ahora –o eso creo- se ha recurrido a un grabe delito como el abuso a menores o la pedofilia para justificar la obsesión homófoba de los mitrados. Nunca, hasta ahora. El Obispo de Tenerife, Bernardo Álvarez, en una polémica entrevista al diario La Opinión de aquella isla, ha comparado, tras la consabida, penosa y retrógrada retahíla de la “enfermedad”, la “malformación” y el “vicio”, a la homosexualidad con los abusos a menores de edad. Tan repugnante es la inmoralidad y tan preocupante debe ser su salud mental que a la pregunta del periodista, asegurando que una cosa y otra no podrían ser comparables porque el abuso es un acto no consentido, el obispo responde, literalmente: “ Puede haber menores que sí lo consientan y, de hecho, los hay. Hay adolescentes de 13 años que son menores y están perfectamente de acuerdo y, además, deseándolo. Incluso si te descuidas te provocan”.
Repónganse del susto.
Vergonzosas declaraciones que proceden del máximo representante –junto a su homólogo de Las Palmas- de la Iglesia en las Islas. Y si eso es lo que el obispo de Nivaria suelta por la boca ante un medio de comunicación no quiero pensar lo que se le pasa por la cabeza, y aun menos lo que deben rumiar sus entrañas. Por suerte, el reino del prelado no debe ser de este mundo, o su mundo no es de este reino. No sé dónde encuentra monseñor Álvarez a esos niños de 13 años que provocan a caballeros como él, de 59. Él los verá, pero estoy seguro de que no existen más allá de su mirada que, poniéndole un adjetivo muy de sacristía, debe ser “muy sucia”. Producto de la represión, seguramente, como en tantos otros casos en los que miembros de la Iglesia se han visto enfangados. Pero igualmente reprobable.
Yo nunca he sido lo suficientemente soberbio para afirmar categóricamente que Dios existe –ni que no. Pero si por ahí anda, ya habrá halado (jalado, en cristiano) a monseñor al monturrio de los ruinitos, como cuando mi abuela separaba los ciscos de rofe de las lentejas. Y es que si estos son los que creen poder guiarnos, que Dios nos coja confesados. O mejor sin confesar. Al menos no por tremendos elementos.
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