
Mare Cabrera
[Martes, 20 de noviembre de 2007]
<<La Navidad agita una varita mágica sobre el mundo, y por eso, todo es más suave y más hermoso>> Vincent Peale.
Estoy ubicada en los aparcamientos de un centro comercial, mi amiga, embarazada de 7 meses de Diego, aparca, no sin dificultades, y me bajo del coche, me parece escuchar, muy de fondo, muy sutil, muy suave a Luís Miguel cantando Blanca Navidad. La miro y prácticamente grito: ¿¡pero qué día es hoy!? ¿¡Estamos en diciembre y yo no me he enterado!?
Las tiendas están repletas, hay colas a la hora de pagar, ante mis quejosos suspiros debidos a la espera, la dependienta comenta: Mujer, es que ya se sabe, estas fechas...
¿Pero qué fechas?, pregunto yo.
Hace bastante tiempo que escucho a mis adoradas vecinas comentar que han adelantado sus compras con el fin de no verse apuradas, con prisas y haciendo colas en lo imposible que se ponen las zonas comerciales durante la etapa navideña, o de compras compulsivas, diría yo.
Quizá no nos hayamos dado cuenta de que lo único que se consigue adelantando las compras es dilatar precisamente la agonía, llenar antes los comercios, vaciar más rápido las carteras y colapsar las carreteras y aparcamientos.
Con un pequeño descuido ya estamos de compras navideñas, y cada vez con más premura, ya nos hemos metido de lleno en la ardua tarea de tachar de la lista casera los regalos de corazón, los de mero compromiso, los de los cuñados molestos y las suegras metomentodo, la de ese tío que sólo ves una vez al año y del que apenas recuerdas su nombre y el de la zorra de tu prima que hace dos años te quitó el novio.
Te olvidas por unos narcóticos instantes de que casi no puedes cerrar el ropero por la cantidad de juguetes que tiene tu niño, de que la terraza y los balcones se han convertido en improvisado almacén para la ropa de invierno que ya no te pones, que ya eres poseedor de la última tecnología que tus bolsillos podían permitirse y que realmente, real y objetivamente, no necesitas más corbatas ni otras medias que amenazan siempre con una carrera. Que por mucho que te empeñes, comprarse un gorro de lana y una bufanda polar viviendo en Arrecife no te sale a cuenta, que esos pantalones de la talla 38 nunca entrarán en tu culo de 42 y que las lentejuelas, el charol, la seda y el terciopelo, todo junto, por mucho que estén de moda, no le queda bien a nadie.
Las tiendas muestran en sus escaparates las novedades referentes a la decoración. Mucho rojo, mucho verde, mucha plata, mucho dorado…mucho de todo. Hasta el más ferviente admirador del minimalismo sufre convulsiones cuando se para delante de un escaparate y admira la última ocurrencia del decorador de Ikea. Un Papá Noel de nariz borrachuza en actitud claramente cariñosa con unos de los renos. ¡Qué maravilla, me lo llevo y lo pongo en el salón! Y quiero brillos, y quiero luces, ¡mi reino por una estrella!, por una purpurina, por una lentejuela dorada.
Mi padre hacía un belén de carosos, el portal lo componían piedras volcánicas del arenao y las aulagas eran la única representación floral. No había río con patos porque donde se ha visto que los haya en Teseguite, como mucho barrancos secos, así que con platina vuelta del revés, colocaba a unos pastorcitos hechos con sus propias y ajadas manos en lo que él decía era la era, no ponía a ese desagradable hombrecillo cagando porque lo veía de mal gusto y la virgen con cara de piña reseca acunaba al niño envuelto en tela de un saco de papas. El árbol era un palo de higuera reciclado que adornaba con unas bolas que recuerdo porque están en mis fotos de pequeña, ya cuentan los 20 años y son muy agradecidas, y el señor Noel no entra en mi casa porque no lo conocemos, no lo hemos invitado y nos parece que el Polo Norte queda muy muy lejos de los camellos y la calima.
Lo de poner música de ambiente en los comercios es otra de las artimañas para que, por si algún despistado no se ha dado cuenta de que tiene que comprarle ropa interior a la esposa se pare un instante y tararee divertido el fun fun fun para en ese mismo momento sentir unos deseos irrefrenables de adquirir el último modelo de taladrador para el suegro. Tampoco nos ponen relojes a la vista, uno entra en la vorágine de la compulsión “regalística” sin darse apenas cuenta de que las horas pasan, el día se oscurece y no ha comido.
Gracias a los dioses que en navidad a todos se nos pone cara de buenas intenciones y la educación cortés y valiente hace furor entre los que esperan y desesperan en las tiendas de moda, las de accesorios para el móvil, las zapaterías y la venta al por mayor de electrodomésticos. Aún con todo, ¿por qué nos empeñamos en que cada año llegue antes? ¿Qué prisa tenemos? ¿A qué se debe esa fiebre pre-navideña? ¿Es un complot internacional? ¿Que hace un reno anunciando teléfonos móviles de movistar si aún no he podido estrenar mi chaquetón de plumas de pato y mis bufandas tienes telarañas? ¿Se trata de una cortina de humo orquestada por el gobierno para que nos olvidemos de la separación de los duques de Lugo?
Las dependientas corren de un lado a otro ajetreadas por las peticiones originales que deben escuchar unas mil veces al día: Mira niña, ¿no tienes este en otro color? No señora, contesta gentil, tenemos lo que hay expuesto. Pero… ¿y de otra talla?, ¿este mismo modelo con escote en pico?, ¿las playeras con luces giratorias?, ¿las bragas comestibles?, ¿el tanga para señoras mayores?, ¿el zapato marrón pero con incrustaciones de pedrería? ¿El microondas que se activa automáticamente cuando escucha el sonido del motor del coche de mi marío entrando en el garaje? No señora, eso no se ha inventado todavía. ¡Santas, santas es lo que son!
Y se nos olvida por completo lo que se supone son las bases imprescindibles de estas fechas. Cuántos primos peleados de por vida por la última gamba de la bandeja, cuantos dientes rotos por el turrón caduco, cuanta carne mechada reseca por el descuido de la abuela, cuánto cabrito insípido, cuánta receta original que la chasca, cuánto postre de Arguiñano que nos sabe raro, cuánta papilla reseca y cuántas conciencias ateas sobornadas por la gula del norte.
Pobres chinijos desbocados, de la mano de sus padres, secándose los mocos con la manga del forro polar por la última desaparición momentánea en el centro comercial elegido para las compras.
Si por cada hora que perdemos en las colas le dedicáramos cinco minutos a la viejita, quizá no tendríamos que acallar nuestras conciencias de malos hijos a golpe de tarjeta de crédito. Menos “playesteysions” y más besos. Digo yo.
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