
Jaime Puig
[Martes, 20 de noviembre de 2007]
Sigo con atención la comparecencia pública de un señor llamado Joaquín Ordieres, que trabaja como asesor de la Unión Temporal de Empresas que formaron en su día Clusa, Danigal y Daorje para gestionar, es un decir, el Complejo Medioambiental de Zonzamas. Cada día más complejo y mucho menos medioambiental. Le acribillan a preguntas los periodistas y el técnico empieza a hacer malabarismos dialécticos para aparentar que todo va bien en un lugar que, si nos preguntaran a cualquiera de nosotros, diríamos que no, que no marcha como debiera.
Baste un apunte: la planta de biometanización sigue sin funcionar. Nos explicaron el porqué. Pero como que me da igual. Ninguna explicación me sirve para justificar que una obra adjudicada en 2001, entregada al Gobierno de Canarias y Cabildo hace cuatro años, y que se ha chupado casi 15 millones de euros, todavía esté sin funcionar. Aquí ha pasado algo. Aquí debe pasar algo. Aunque sólo sea que alguien pida perdón.
Dos mil quinientos millones de pesetas, que se dice pronto, enterrados en un vertedero al que le quedan, lo dijo el técnico, unos ocho años de vida. Un poquito más si nosotros, cada uno en nuestra casa, separamos el tetra brick de Don Simón del conjunto de la basura orgánica. Claro que para ello quizá deberían facilitar más el acceso a los pringosos contenedores amarillos y marcarse unas campañitas de concienciación un poquito más profundas que el concurso para diseñar la mascota del reciclaje.
La planta de biometanización, claro, también contribuirá a darle una prórroga al vertedero de Zonzamas. Un tiempito extra que podría haber sido más si la caldera hubiese estado lista en 2003, que era cuando tocaba. Pero no. Aquí también llegamos tarde. Fotos en el basurero nos habremos sacado unas quince mil. La batita blanca, el casco de obrero y la mascarilla se la han puesto todos, pero la basura nos sigue comiendo.
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