¿Para qué el rey?

 

Tomás J. López

[Jueves, 15 de noviembre de 2007]

 

 

 

 

 

 

A mí que haya o no rey en España me importa poco. No es esa mi prioridad política ni es aquel –o este, porque escribo desde Madrid- mi espacio natural ni sentimental. Pero, quizás porque aquí estoy, el “¿por qué no te callas?” , pronunciado con la nefasta dicción del Borbón, está empezando a acabar con mi paciencia. Más que la frase lo que me cansan son las reacciones a la frase, ese “reírle la gracia”, esa identificación colectiva con el exabrupto, ese hispánico folclorismo que florece por doquier, adornado de vasallaje y rancio imperialismo, esos “niveles de popularidad” que supuestamente está alcanzando el monarca a raíz de una malcriadez.

Lo siento, pero no entiendo ese aplauso comunitario. No entiendo por qué un jefe de Estado puede o debe mandar a callar a otro que tiene su mismo cargo, siendo la única diferencia entre ambos que el de Venezuela, nos guste o no –a mí cada vez me gusta menos, llegando a nada-, ha pasado unas cuantas veces por las urnas. No entiendo cómo no entienden que en Chile, en mitad de aquella reunión, el rey no dejaba de ser “uno más”. No entiendo por qué gusta tanto esa pose de “maesto-escuela” de los años 50. No entiendo, en definitiva, ese ciego nacionalismo español según el cual si un español “la caga” –con perdón-, el excremento les huele hasta bien, y si es del rey, se convierte en la “fragancia nacional”.

Luego hay algo que no es que no entienda, sino que sencillamente me repugna. Me repugna ese aire de superioridad de tantos españoles, y que ha salido ahora como un chorro a presión. Me repugna ese del que hacen gala en las televisiones, en los periódicos estatales, en los foros de Internet y por donde les dejan. Me asquea que no se hayan dado cuenta de que hace doscientos años aquel otro lado del Atlántico dejó de ser parte del Imperio, aunque hasta hace escasos cuarenta, españoles, y sobretodo canarios, hasta allá íbamos a matar un hambre que ahora ha virado. Me revuelve la prepotencia de quienes se regodean de ser la octava potencia del mundo: una potencia que nada sería sin la presencia de las multinacionales españolas en Argentina, Brasil, Chile o México. Me preocupa que sigan, en mitad de este mundo global, instalados en una mentalidad provinciana que no es capaz de entender, o al menos interpretar, al venezolano que vota a Chávez, o al nuevo indigenismo y sus achaques populistas, o, hablando de otros asuntos, las reivindicaciones marroquíes sobre Ceuta y Melilla. Además, cuando veo que hay españoles que tratan a Venezuela como a una colonia de ineptos bananeros y aplatanados me viene entonces la imagen del godo del me hablaba mi abuela, de los que ya no llegan, pero que venían a Canarias creyendo que nos salvarían del taparrabos, con lo fresquitos que deben ser.

Pero discúlpenme. No era este el motivo de mi escrito. Lo que me pregunto ahora es para qué el rey. Nos contaban hasta hace poco que el rey y su familia debían ser un ejemplo para los ciudadanos. El argumento siempre me pareció estúpido, sobretodo porque soy mayor de edad, y como tal me responsabilizo de lo que hago. Pero, como fuese, ahora resulta que el rey tampoco nos puede enseñar, porque por no saber no sabe ni de protocolo. Más que protocolo, educación. Yo, que nunca llevo corbata y siempre calzo playeras, jamás he hablado a un desconocido de “tú”, fórmula usada por el rey para intervenir en una cumbre dirigiéndose a un Jefe de Estado. Dicen los seguidores del ¿por qué no te callas? que la expresión “acerca” al rey al ciudadano. Por mí estupendo. Pero si de lo que se trata es de que el Jefe del Estado hable en las reuniones internacionales como usted y yo hablamos en la cafetería, también sería conveniente que, como usted y como yo, pague el precio del cortado y las tostadas; de paso, puestos a ser como todos, que sea responsable de sus actos y no inmune por mandato constitucional; que no pase nada cuando queman su foto; que no se secuestren revistas “a su salud”; que no se arme cuando se casa su hijo... En definitiva, si lo simpático es que el rey sea como usted y como yo, simpática será, entonces, una república.

Me contaba un canario que, como tantos, estuvo por Latinoamérica, que aun no siendo monárquico entendía la figura del rey de España. Argumentaba que el rey lo era sobretodo fuera de España, y especialmente en los países de América Latina. Allá el Borbón caía bien porque no se mojaba, porque estaba por fuera del vaivén político y partidista de los gobiernos. El rey era sobretodo el embajador templado que a casi todos gustaba. Ahora ese rey sacó su rejo, y a sus vasallos parece encantarle. El calentón acabó con su aparente candidez, y los españoles le piden, mayoritariamente, más. Así las cosas, el populista Chávez no ha tardado en revolver ahora la “leyenda negra” y convierte a Juan Carlos en la peor de las caras de España: vuelve a ser aquel Borbón contra el que liberaron, cuando no aquellos otros, Trastámaras y Austrias, que “cortaban gargantas”.

Pero dejemos a un lado los desvaríos de ese payaso con visos de convertirse en fiera, resultado de pasados y presentes títeres corruptos. Volvamos al rey de España: Si no da ejemplo ni siquiera de educación, si no atempla sino calienta, si no es embajador sino ese agitador que nos gusta, o se gusta... ¿para qué entonces el rey? ¿simplemente porque es humano, porque es simpático, porque hace gracia? En fin, seguiré prefiriendo entonces a Manolo Vieira. Será, como decía, porque ese, o este, no es mi espacio natural ni sentimental.

 

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