
Mario Alberto Perdomo
[Lunes, 22 de octubre de 2007]
En una misiva dirigida al concejal de extinción de animales indeseables en el entorno urbano del Ayuntamiento de Arrecife, le trasladé que, chacho, mira a ver, que con un poco de veneno se resuelve. De momento, no he obtenido respuesta. No sé si se el silencio obedece a que está muy liado o, en cambio, a que todavía no se ha recuperado del impacto al leer la alternativa que le sugiero para erradicar las cagadas de palomas en las aceras. Le he propuesto envenenarlas selectivamente, conclusión a la que he llegado después de un concienzudo análisis de la situación.
Primero pensé en una escopeta de balines con silenciador, para evitar dar el cante, pero llegué a la conclusión de que sólo conseguiría desfogarme poniendo en riesgo la seguridad de las personas, con un impacto insignificante en las susodichas. Así que me olvidé del asunto. Luego, tras evacuar consultas con entendidos, le di vueltas a la cabeza a una opción socialmente más presentable: el truco de la paloma como reclamo en una jaula-trampa. Dicen los que saben que paloma llama a paloma. Pues bien, la cosa consistía en pedir ayuda a los aficionados a la colombofilia para que se ocuparan de capturar a las palomas salvajes que habitan en la ciudad, pero la opción presentaba insalvables problemas organizativos, además del riesgo de la responsabilidad criminal subsidiaria.
Me sedujo, más tarde, la idea de desalojar la ciudad durante todo un día o bien aprovechar la estampida natural que se produce los sábados por la tarde y los domingos. Sin ciudadanos, podría convocarse a los aficionados al tiro al plato para que se despachen a gusto por esas azoteas, pero me retrajo el posible impacto negativo de la acción en la prensa internacional por aquello de la Reserva de Biosfera y tal.
Medité sobre una cuadrilla de exterminio nocturno. Me los imaginé vestidos de negro y con pasamontañas. Preservada su identidad, se desplegarían por las noches, se encaramarían a las azoteas donde anidan las palomas a su antojo y, en silencio y una a una, ¡tras!, vuelta de cogote y tirón. Al saco. Me pareció, no sé… desproporcionado.
Al final, el recurso al veneno ofrece inmensas posibilidades. Es una solución clásica, novelesca. Qué se yo, una de millo mezclado con matarratas. A ver qué me responde el concejal.
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