
Manuel de la Hoz
[Lunes, 22 de octubre de 2007]
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'Dejar de fumar y hacer un poco de ejercicio', es tratamiento que prescriben los galenos cuando los consultamos llegados a una edad en la que acompañamos con un suspirito cada movimiento. Yo prefiero un pateo, tengo costumbre de andar concentrado mirando el suelo. Sin embargo, las mierdaperro que acompañan el recorrido me obligan a levantar la cabeza y mirar al frente para verlas venir...
El reloj comienza a contar en Cuatroesquinas, donde flotan las miserias. Las palomas que vuelan a cagar al muro, saludan desde la azotea de Mendoza Luzardo; algunos le echan migas mientras dos jóvenes gilipollean delante de unas treceañeras haciendo el caballito, una señora muy mayor les llama la atención, ellos entienden otra cosa y responden que no le prestan la moto. Una china roba lisas con rociega; una niña advierte a su abuela para que no tropiece con una plancha de hierro que tapa el firme hundido en la esquina de Unelco.
Alguna vez echo un vistazo por la calle de Luís Hernández Fuentes “El Aguaresío”, más limpia que el paseo, y salgo por la de San Juan, en La Puntilla, detrás de la iglesia; hago esto para no rodear el Charco a marea vacía, si le doy vuelta paso delante de la cascada del Morro de la Elvira, siempre seca desemboca en un muladar de jolateros viejos y plásticos de colores. Atravieso el puente donde don Luís Trujillo gritó ¡No pasarán! cuando las máquinas se cargaban el puente centenario, el de piedra, el mismo que un camión de la basura partió en dos después de inaugurado. Corto por el islote de la Rocar buscando el mar y el aire que me falta, bajo la escalinata de la Cruz del Siglo para asomarme detrás de las naves donde siendo muy niño gané un sueldo; el padre de un amigo trabajaba allí, un verano nos llevó a carpintear cajas de madera para los sardinales, dos medio duro o así. Un dineral que gastar en los cochitos por San Ginés. Sueño con ver un día el mar, desde la acera, sin naves ni auditorio, tirar, limpiar, pasar un rastrillo... y descubrir las salinas.
Cojo resuello aprovechando el camino cuesta abajo hasta la escalinata y desagüe del antiguo matadero, el mar a la izquierda. En la acera de enfrente, hacienda, sindicatos, la comandancia de marina, donde deben estar los guardias que no están en la calle, la pescadería, el ayuntamiento, el primer hospital de la isla, la vieja comisaría...nunca paso por esta acera, quizá por las veces que unos señores muy amables me ayudaron a subir las empinadas escaleras a cogotazo limpio; cuando no eran los panfletos fue el spray. En medio de la otra acera, una piedra negra gigante que doña María Isabel Déniz clavó en el paseo, alrededor cuelgan los cables que darán luz a semejante obra de arte. Unos metros más allá, en la entrada del Puente de las Bolas, el mismo mal olor de toda la vida; junto a la escalinata de piedra donde meaban los taxistas una rata juguetea con unas latas de cervezas y bolsas de Hiperdino.
Miro al frente esperando encontrar una tarde en su parterre de césped solitario a “Mujer portando un objeto minimalista”, escultura del patrimonio municipal en paradero desconocido, obra del escultor Leopoldo Emperador.
Con la marea llena llego a la punta del muelle chico, hasta el faro; antes había uno de hierro, pintado de gris sobre centímetros de óxido, el mismo que despidió a tantos y dio la bienvenida a otros. De nuevo los inevitables recuerdos, a la altura del castillo, el depósito de carbón, Aucona y la fábrica de hielo... todavía con pantalón corto esperábamos en la puerta que alguna barra de hielo cayera al suelo para coger los trozos y chuparlos como polos. Otras tirábamos una piedra al volquete del camión que lo llevaba picado para Portonao y caían a la carretera.
Un mercedes rojo, viejo y a toda leche, con la suegra a bordo recorre todo el trayecto prohibido y da la vuelta en el faro; al cruzarnos me regala un ‘qué miras gilipoyas'; por si acaso, una madre sube al muro a su hijo pequeño. Respiro y me relajo. Oigo un timple a lo lejos y una voz conocida me alegra la tarde, don Antonio Corujo sentado en el muro con la fortaleza al fondo canta para dos reporteros que lo filman unas coplas de Víctor Fernández ‘El Salinero': “...Si cada cual obrara como debiera, estarían las cosas de otra manera. A cada pueblo deben sus habitantes proponerle las cosas más importantes. Un buen Ayuntamiento para ‘elesiones' en buenas circunstancias y condiciones. En todo es conveniente poner aquellos que no pueda ninguno jugar con ellos. Y nos haríamos daño unos a otros, ya que los responsables ‘semos' nosotros...”. Con el eco del cante me alejo por la boca del muelle hacia el kiosco, a la vera de éste el mar esconde una mancha de plásticos que flotan.
Accedo al parque por la desaparecida pista de patinaje, hoy zona infantil. Un niño en patineta tropieza con los restos de lo que una vez fue papelera; de la pared asoman cuarenta centímetros de hierros retorcidos, así hasta diecisiete, el mismo número que las farolas, solo dos papeleras permanecen en pie. Igual de peligrosas que las barandillas inoxidables oxidadas del paseo que da al mar, arrancadas de cuajo.
Aunque maestro Domingo Abreut dice que el antiguo no era así, un kiosco nuevo que se eleva de improviso intenta emular el porte y distinción del que fuera vida y negocio de don Juan Prim. La obra que remodeló el parque viejo en Ramírez Cerdá nos robó la Oficina de Turismo y ‘Monolito de mujer canaria', escultura y premio de embellecimiento de los ochenta a la ciudad de Arrecife que pasó a mejor vida en un particular jardín en Tahíche. Aguanto la respiración para atravesar el territorio de las garzas cagonas, una enorme placa de Petri para caldo de cultivo de la dichosa gripe aviar. En mitad del parque, todavía oigo el fluir del agua en la fuente de las ranas, rodeada de cañas. Saludo a don Blas Cabrera Felipe que, con sus libros debajo del brazo, espera por los alumnos a las puertas de la Universidad a Distancia.
En la trasera de lo que un día fue Parador Nacional de Turismo se asienta un aparcamiento privado, desacelero el paso para sortear cinco coches. Después bajo las escalinatas y disfruto de las pescadería; los ‘guas' de boliches e infancia no han desaparecido; me acerco hasta la punta, donde está la farola que siempre pensé era la de la canción. Huelo a meaos y no me siento al pie como hacía antes. Aquí al lado acabó el kiosco de don José ‘Contreras' cuando lo desalojaron las obras del Parking Islas Canarias.
Retomo el paseo esquivando en menos de dos metros cuadrados: una farola, dos señales de tráfico, un tubo que no pinta nada, una papelera, la señalética del parquímetro de zona azul y una chatarra de expendedor en la que un guiri intenta meter dinero; le digo que no. Cuando cedo la acera a una señora con un carrito, veo una escultura que se cae a cachos, es de Paco Curbelo, se titula La Ola.
Diestro, acelero el paso hacia el Islas Canarias, nunca entro; de las luminarias rotas cuelgan cables pelados. No está, lo echo en falta, el monolito de canto rojo y forja de hierro que daba nombre al parque; obra de la Mancomunidad de Cabildos Insulares, fue inaugurado por las autoridades eclesiásticas, civiles y militares de entonces, de todas las islas, yo lo vi. El Parque Islas Canarias contenía especies vegetales de todas las islas, se regaban con agua de La Palma que traía el buque aljibe ‘Conde Sister'. También añoro a Barlovento, ‘La Chatarra', testigo de inconfesables secretos que afloraron en el banco que le hacía pie, una obra de Manrique secuestrada en un zulo del Cabildo Insular.
En línea recta está el Gran Hotel, tienes que jugártela en la carretera porque la acera la tomaron los coches. Frente a las puertas del establecimiento falta otra escultura del catálogo municipal, está en paradero desconocido un prisma de mármol estatuario coronado por una piedra de volcán semejando el cráneo de un gigantesco pájaro. El mármol fue rescatado de un antiguo naufragio en la bahía de Los Mármoles, de ahí el nombre del muelle; los mayores dicen que aún quedan otros prismas en el fondo del mar.
Por fin El Reducto, intentando que el pulmón izquierdo no salga por la boca como un globo del revés, corro hacia el parque temático hasta la parada de taxis que hay frente al Cabildo. De una furgoneta que aparca bajan tres perros salvajes, dos pit-bull y su dueño; cagan sueltos en el escaso césped, una madre que viene del parque les pregunta: “¿van a dejar la mierda ahí?”, el dueño se aprestó a contestar. “...y a ti que te importa”.
Cansado y sin ganas de tocar la pared del Marina Colón, regreso por las calles de El Molino hasta La Florida, aceras ocupadas por cartones, basuras y coches, la valla, la obra, el camión, la sirena, el de la puta moto, el profesor que da su clase subido a la acera a la puerta de la autoescuela, sin bordillos, sin luz, sin orden, sin ley, sinvergüenzas. Vuelvo a casa un poco más enfermo que cuando salí por prescripción facultativa.
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