A TRANCAS Y BARRANCAS

 

Los guindillas y la “Casera”

 

Manuel de la Hoz

[Martes, 2 de octubre de 2007]

 

 

 

 

Los guindillas

Cedida por webdelanzarote.com

Yo prefiero a los guindillas que era como llamábamos a los guardias o celadores.

Quienes jugábamos al fútbol en la plaza de la iglesia –de Las Palmas-, y para avisarnos que se acercaba un guardia, gritábamos: “La casera”. Vestían casaca y pantalón de impecable blanco, grueso y acartonado, coronados por un gorro tipo “safari” también blanco y riguroso calzado negro brillante. Después estaba el traje de gala que lucían por San Ginés o cuando venía algún ministro, azul marino y gorro blanco acharolado con la leyenda “PM” dentro de un rombo rojo, además de los herrajes y cinturón de igual color.

Si bien es verdad que las actuaciones de éstos dependían mucho del agente que se acercara, la mayoría se hacían los locos cruzando por la acera de la Biblioteca Católica, con quien había que tener especial cuidado era con “Popotito” –con todos mis respetos-. Cumplidor y gracioso nos quitaba la pelota y anotaba nuestros nombres. Nos acojonaba, incluso podían montarte un follón en casa y en la escuela si don Pedro se enteraba.

Después, esperábamos hasta que el señor Vera o el sargento Parrilla –primera persona que me trató de usted con solo doce años- estuvieran solos en el Cuartelillo para contarles una historia sobre una pelota perdida. Mientras, con el rabillo del ojo acechábamos las pelotas requisadas por “Popotito” amontonadas en la esquina detrás de la puerta, a la izquierda según se entraba, enfrente del calabozo. La celda no tenía llave o al menos se podía salir por un ventanuco que daba a la plaza; eso sí, los presos salían a desayunar al cercano bar de Enrique... Al final, la pelota que habíamos perdido siempre era de reglamento, de cuero, con pentágonos blancos y negros...y de nuevo a jugar en la plaza.

Recuerdo que al padre de un amigo lo multaron con 50 pesetas porque su hijo tiró un puñado de pajullo al mar frente a la parada de taxis del Puente de las Bolas. Otro fue sancionado con 25 pesetas por mear en la puerta de una conocida tienda de electrodomésticos.

Dudo que entonces hubieran ordenanzas municipales, hoy existen y no se cumplen con lo fácil que es.

La Casera

Nunca supe por qué les llamaban así, se me ocurre que quizá fuera por la vestimenta. En esa época “La Casera” era el único refresco que conocíamos y que promocionaban puerta a puerta en verano, una vez cada semana. Botella color verde, retornable, y la tapa de resorte que hace presión hermética, como los tarros de mermelada, con su goma roja, se mantenía fresca en la nevera... Mi padre fabricó una ecológica de madera robusta, el exterior pintado como la sábana más blanca y tres estantes en el interior color butano forrado con planchas de hierro galvanizado, con gomas en las puertas y cerradura marinera. Se abastecía de barras de hielo que machacábamos hasta la mitad en el patio a martillazos, el resto, el cacho grande se guardaba en el centro de la parta baja y alrededor el picado... tenía un desagüe que conectaba un tubito con la palangana y para cerrar, una llave de madera con el mango a modo de barrena.

 

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