Todos iguales

 

José Luis Asencio

[Martes, 25 de septiembre de 2007]

 

 

 

 

 

 

Hace poco y con motivo de la muerte de diez personas que encallaron entre las piedras, a lomos de una de esas cosas en las que nos llegan por mar, oí a alguien que comentaba la tragedia clamando para que terminara el rosario de fatalidades que gotean sobre las costas canarias.

No dudo de la buena fe y de la compasión ante la muerte de estas personas que dicha señora exhibía con vehemencia: flota entre los cuerpos sensibles un singular desconsuelo ante el contexto agónico y desesperado en el que se encuadra el fenómeno migratorio. También a mí me duele cada mirada quebrada e inocente.

No obstante me llamó la atención el argumento desde el que sostenía sus sentimientos (todo sentimiento es la idea de una emoción) que decía, fundamentalmente, que estos desdichados se habían muerto a la puerta de nuestras casas; y que, dentro de la conmoción que vivía, el remedio consistía, según la buena mujer, en no dejarlos salir, y de hacerlo, que lo hagan con los correspondientes contratos de trabajo, es decir, de una manera ordenada.

Estas ideas unidas al ruidoso manoseo propagandístico que algunos dispersan desde su tribuna, tanto aplaudiendo el hecho migratorio, unos, como elevándolo a la categoría de catástrofe, otros, generan, cuando menos, una preocupante incomprensión de los problemas en los que se arraiga este entramado poliédrico.

Por un lado sorprende la sensibilidad mostrada cuando su muerte sobreviene a la puerta de "nuestra casa" y, frente a esto, la impasible normalización exhibida cuando el sufrimiento y la extrema necesidad desembocan en la muerte diaria de miles de inocentes.

Además, exigirle un orden a la desesperación es un ejercicio de retórica que desvela un distanciamiento deslegitimador para cualquier opinión expresada al respecto. Es decir, en este tema, como en todos, lo importante de aquella sólida defensa que realizó Spinoza sobre la enorme importancia que tiene decir lo que se piensa, el acento, no sólo habría que ponerlo en "decir", sino en "pensar"; en saber, cuando hablamos y sobre todo cuando lo hacemos en público, de qué hablamos. Pedir orden mirando al cielo es lo mismo que no pedir nada, pues, entre otras cosas, los estados encargados de proponerlo e imponerlo en África son la personificación del caos y la corrupción sustentada sobre los hombros miserables de fuertes intereses occidentales relacionados con las armas, los diamantes, el hambre...

Otro aspecto relevante desde el que cobijar toda reflexión en torno al problema migratorio es el de la obscenidad irresponsable de nuestro estilo de vida. Me explico: la hueca placidez que sugieren nuestros yogures desnatados y con fibras, nuestros ancianos publicitando entre sonrisas de satisfacción un plan de pensiones, la exposición de una retahíla de derechos cuando menos cuestionables (hablar del derecho de los animales creo que es un puro insulto para los que mueren de hambre además de una brillante estupidez), y así hasta configurar un largo etcétera, no hacen otra cosa que justificar los sueños, inaccesibles ya incluso para la mayoría de los occidentales, de los millones de excluidos. ¡Este es el verdadero efecto llamada! y no tenerlo presente en las declaraciones hace de éstas un verdadero alarde de cinismo.

Creo que sería conveniente, incluso irrenunciable, que asumamos las responsabilidades propias de nuestra condición de ciudadanos; reducir el ejercicio de la ciudadanía a sus connotaciones formales de pertenencia a un territorio o de portadores de derechos básicos es vaciar de contenido y significación todo aquello por lo que, precisamente, tantas personas han muerto a lo largo de la historia. Por decirlo con Victoria Camps: si ser ciudadano es un derecho, también ha de ser una fuente de deberes.

Es decir, el respeto y la com-pasión por los inmigrantes fallecidos se manifiesta, necesariamente, mostrando una mínima preocupación por sus vidas, por cómo viven más que por cómo han muerto; así no sólo ayudaremos a promover la reflexión responsable que todo ejercicio de ciudadanía exige, sino que afrontaremos el problema con los grados de generosidad y respeto que su muerte reclama.

 

 

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