
Mare Cabrera
[Miércoles, 19 de septiembre de 2007]
![]() |
Cuando tenga tiempo para pensar en lo que nos ha ocurrido, cuando deje de recoger documentos y hacer colas durante horas en los registros, los juzgados, el hospital, la funeraria, cuando pueda dormir más de seis horas seguidas y los días dejen de hacérseme pequeños para todos los trámites que vienen con el adiós, entonces podré pensar en papá. En su risa contagiosa, su inocencia, ingenuidad, comentarios ocurrentes, canciones mañaneras. Cuando el dolor, ese dolor que oprime nuestro pecho y anuda el estómago nos permita mirar sus fotos, ver sus videos y escuchar su voz, cuando nos creamos de forma consciente lo que ha ocurrido, cuando comprendamos lo que significa no verle por el arenado recogiendo malas hierbas, cuando sepamos lo que acarrea su ausencia inesperada, cuando nos acostumbremos a no escucharle dando gritos en esta casa tan grande que se queda tan vacía y tan triste sin él, entonces valoraremos con detenimiento y claridad todo lo que ha significado en nuestras vidas y en las de los que lo conocieron.
Es costumbre hablar bien del que no está, y se roza el cinismo en ocasiones por respetar la memoria del que indudablemente no se puede defender, en este caso, y obviando el detalle básico de que era mi padre, y yo su hija, no puedo más que añadir la realidad de estas palabras: todo el mundo le quería. Y eso lo sé porque la pena podía respirarse en aquel tanatorio, se desprendía de las miradas, de los gestos, de las manos temblorosas de compañeros y amigos, que sinceramente nos decían cuánto lo sentían.
No es de extrañar, si había fiesta en el colegio, ya estaba él, las celebraciones del Día de Canarias eran sagradas, así como sus famosos belenes, que hacía con sus propias manos para el deleite de los chinijos utilizando carosos y piedra volcánica. No se ha visto belén más canario que ese. El queque, la confitura de higo que todavía tenemos en el congelador, la había preparado para que sus compañeros de La Destila, a media mañana y acompañando el queso de mi abuela se entonaran para el resto de la jornada escolar.
Y qué contento estaba el día anterior del accidente porque se había encontrado diez euros y una camisa en la playa, y cómo se reía con Manolo Vieira y cómo disfrutaba viendo Tenderete y La Bodega de Julián en la televisión Canaria. En definitiva, como aplaudía la vida.
En el caso de mi padre también hay un amigo especial, fiel y compañero: “Pau” Que iba con él en el coche y se quedó entre el amasijo de hierros durante 17 horas después del accidente hasta que una llamada a la policía les hacía dirigirse al vehículo y encontrarlo temblando asustadizo. Pese a ser un perro dócil, amenazó a los agentes para que no se acercaran al coche, según me dijeron protegía lo poco que quedaba de él.
Yo ahora no puedo, ni quiero, entrar en más detalles, intento alejar de mi pensamiento los cuentos que se inventaba para hacerme dormir, nuestras discusiones acaloradas y `propias de dos “cabrerones” cabezotas, la última vez que hablé con él por teléfono o su cara orgullosa al verme leer el discurso durante mi orla. He encontrado entre sus papeles, entre su caótico orden masculino, varios artículos míos impresos, fotos de pequeña, mis notas del colegio... en una carpeta grande que pone: Cosas de Aymara. Yo haré otra papá, para ordenar tus recuerdos, para explicar a quien quiera saberlo cómo eras y qué hacías, que recortabas de las revistas y tu colección de gafas de sol rotas y gorras de propaganda. Y lo guardaré todo en una caja grande de color verde, que era tu color, y pondré por fuera: cosas de papá.
[Condiciones de uso | | ]