Isla de las culturas, Ciudad inventada

 

Arde Mogán

 

Rafael Fuentes

[Miércoles, 12 de septiembre de 2007]

 

 

 

 

 

 

A Antonio Lorenzo Martín, de su lectura, también de sus otras cualidades, me viene la pasión y el interés de escribir.

 

 

Cuando despuntó el alba aquel aciago lunes 30 de julio apenas faltaban ocho años para que el lugar celebrara el segundo centenario de su independencia municipal. El reparto de las tierras y aguas de los aborígenes de la isla de Tamarán entre los nuevos pobladores que sucedió a la conquista, determinó su inclusión en el distrito de Telde. Más tarde, y al ritmo de los siglos, dependería jurisdiccionalmente de Agüimes, San Bartolomé de Tirajana y Tejeda.

En 1815, alegando lejanía respecto de Tejeda, la circunstancia de constituir una parroquia propia después de que el 14 de mayo de 1814 el obispo Verdugo procediera al auto de erección de aquella, y la carencia de juez y otros empleados públicos para el centenar de vecinos que poblaban el sitio, el término de Mogán obtiene la independencia municipal.

A principios del siglo XIX, aquel hermoso valle que se escarrancha desde el Barranco de El Mulato hasta el mar, empleado en la agricultura y otras ocupaciones ganaderas y forestales, practicaba una economía cerrada y de subsistencia. Finalizando la centuria, la quiebra del campo, la presión fiscal, el descontrol administrativo, así como el volumen de deuda contraída por los campesinos con los prestamistas locales, crisis que también vivió el resto de la Isla, trajo muchas y enormes dificultades al joven municipio de Mogán.

Sin embargo, la implantación de cultivos de tomates y plátanos que haría una firma inglesa en aquel territorio, facturó cierta bonanza y nuevos sistemas de cultivo, determinando la economía del siglo XX. Asimismo la apertura de las carreteras que venían a unir todo el litoral isleño, además de resolver el histórico problema de la incomunicación y el alejamiento de los principales centros económicos y poblacionales de la Isla, propiciaría la sustitución de su economía vinculada al sector primario por la actividad turística actual. La agricultura se abandonó, si bien se han establecido otros cultivos de frutas tropicales destinados a la exportación.

Hoy, con algo más de 16.000 vecinos en la jurisdicción municipal y no menos de 500 en el casco urbano, una modernizada flota abrigada al calor de su histórico puerto pesquero... y una envidiable masa forestal compartida que da cuerpo, entidad e identidad a la Reserva Natural Integral de Inagua –pinar de Inagua, Ojeda y Pajonales- y el Parque Rural del Roque Nublo, el sitio es de tal suerte que a cualquier moganero o moganera pronunciar Mogán “le llena la boca”.

Moganero

Aunque la ausencia de ruidos había llamado su atención, no fue hasta que llegó a la carretera, después de desandar un centenar de metros barranco abajo, que se percató. Un alarmante silencio le descubrió que no se oían otros sonidos. Este día los pájaros no trinaron. Entonces, cuando alcanzó la curva divisando algunos efectivos municipales junto a varios miembros de Protección Civil y más fuerzas y cuerpos de seguridad e intervención, supo de la magnitud de la catástrofe.

Había abandonado su hogar con apremios y exigencias de la policía que lo visitó por segunda vez. Sin tiempo, apenas acertó hacer un hato con un par de mudas, el portátil del jurásico, la cámara de fotos y la Mont Blanc que escribía su impronta...y marchó a confundirse en el éxodo de aquella localidad, dejando atrás la arquitectura de su vida y todos los elementos y objetos que hablaban de él y su tradición, expuestos a la pira.

Fue la urgencia del teléfono que lo despertó aquel día la primera alarma. La tarde y noche anterior, incluso cuando avanzada la madrugada la fatiga lo conminó al sueño, había medido en toneladas métricas su caudal de voluntad y esfuerzo en proteger, defendiendo, todo lo que fue capaz de construir en este sitio durante el último cuarto de siglo sobre la memoria y cimientos de su abuela.

Y, al mismo tiempo que una ordenada culebra con escamas de control y ambulancias y guaguas... serpenteando hasta la playa ponía a la ‘alucinada' población al pairo, él desoía a Protección Civil. Ajeno al rigor del organizado desalojo que sus convecinos vivían con llantos de humo y miedos de niños con tos. También esta mañana volvía a recurrir al concurso y presión de al menos tres mangas para derramar a raudales el mismo empapado anhelo encima de su propia historia, y querer anegar así un charco de futuro para sus hijos y los de aquellos.

La derrota de la nave de su existencia había superado la deriva y hoy estaba un poco más allá del ecuador de la vida, justamente cuando ésta comienza a girar hacia el sur. Hacía varios años que degustaba lentamente este sitio que levantó con mucho arrojo y compartidos futuros. En estas piedras descansan las raíces que hablan de sus días gloriosos, también hay lágrimas de corazones rotos e historias muertas. Desde allí, y animados a tener mundo, habían partido los hijos para luego volver donde crecieron.

Aprendió a ser feliz en esta casa donde lo visitan los amigos. Estos muros le han hecho sibarita de los buenos hábitos. Aquí se regocija a diario con las tramas de incontables obras literarias y gusta de hacerse acompañar por Michael Franks o Paquito D'Rivera. Él mismo, hace nada que mastica boquillas y tose con el clarinete y, alguna vez, borracho de amor acaricia la guitarra. Cada noche sueña en la cama que durmió su abuela, de la que también contiene otros muebles y efectos. Y, cuando le asalta una inquietud, sus ojos buscan respuestas en estas pinturas de envidiables cocinas...“Tienes que irte. Hemos desalojado el pueblo”, le ordenó una voz policial en este momento.

Irse adónde, quizá pensó desobedeciendo en aquel espeso e irrespirable instante que la sangre de la vida siguió manando a borbotones en un desigual pulso contra el sentido común. El líquido corrió abundante y surcó el cielo buscando la copa de aquel pino que amamantó desde la más tierna rama. El árbol generoso esparció lluvia por los andurriales, salpicando el jardín de piedras y conchas de las islas y alijos de otros viajes. El mandarino, la manga, el aguacate y la parra moscatel, bebieron hasta empacharse. La jardinera de hierbas se desperelijó en humedades de romero y cilantro. El orégano y más plantas casi chapotearon. La vivienda mutó en fuente y el techo se desparramó en cascada, ávida la pérgola escupió agua que resbaló por las paredes.

 

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