
Manuel Riveiro
[Martes, 21 de agosto de 2007]
Todavía faltan unas cuantas horas para que Arrecife empiece a oler a sobaco. En breve amanecerán los yonkis de las Cuatro Esquinas y comenzarán a deambular con paso nervioso calle arriba y calle abajo, siempre con prisa para terminar al final en el mismo punto. Con puntualidad británica, Juan ha abierto la primera hoja de la puerta del bar a las cinco de la madrugada. Hace unos meses estuvo jodido.
- Pensé que no lo contaba. Me dieron hasta en el carné de identidad. Todavía hoy no me explico el motivo-, cuenta mientras manda otra tapa de tortilla al microondas.
Como si el tiempo se hubiese detenido en su interior, el bar conserva esas cortinas chillonas de apartamento, las jarras con los rostros de la ‘quinta del Buitre' en una de las estanterías y un reloj con el escudo del Sevilla de la temporada 1990-91 encima de la máquina del café. Y qué Juan, qué me dices de los Sangineles de este año.
- Bah-, masculla. Ya no son lo que eran, no queda identidad. El otro día fui al pregón de Gopar en la Casa del Miedo. Me gustó, no lo entendí muy bien, un poco filosófico, pero me gustó. ¿Sabías que jugaba a balonmano? Era el jugador más técnico que había, pero se marchó fuera, a La Laguna creo.
Recostado en una de las tres mesas, Angelito B. le escucha y no es capaz de reprimirse:
- ¡Cállate Juan, que tú te quedaste con las perras del balonmano... listillo, que eras un listillo! Dile a la gente cómo montaste esto.
En la mesa de al lado, ajena a la bronca de cada domingo de madrugada, una pareja de treintañeros -ella, pelo corto y teñido de rubio; él, moreno y con barba- apura el enésimo cubata de la noche. Es la primera vez que pisan el bar. Llegaron de casualidad. Él todavía no lo sabe, pero dentro de un rato, cuando la acompañe a buscar un taxi, le pedirá un beso, “por los viejos tiempos”.
Desde hace unos años, Juan abre sólo hasta las dos. Por la zona. Cuando se cargaron el parquito que había en las Cuatro Esquinas con su arbolito y su buzón de correos y lo sustituyeron por una especie de acera empinada, las autoridades dijeron que se solucionarían todos los problemas, que la marginalidad tenía las horas contadas y que desaparecerían los robos. Antes, 'el palangana' también abría por la tarde pero un día se hartó. Alrededor, en lo que Leandro Perdomo llamó el “corazón indiscutible del cuerpo urbano arrecifeño”, proliferan las casas viejas con puertas tapiadas a la espera de la pala mecánica.
En la esquina de la barra, un hombre levanta la voz, cansado de que no le tomen en serio: “Que sí, coño. Que a Dimas lo dejaron salir para ir a la misa, me lo contó uno que lo vio en la iglesia de Guatiza. ¿No ves que se murió un familiar? Bueh, pero eso no es nada, se dice que tiene un teléfono móvil en la cárcel y que el otro día hubo una reunión en Famara entre los mandamases del PSOE y los del PIL para ver lo del indulto”. De repente, se tranquiliza: “Oye, Juan, ¿no te quedará uno de tus exquisitos cordon bleu?”. Marchando.
manuelriveiro@diariodelanzarote.com
[Condiciones de uso | | ]