
Tomás J. López
[Martes, 5 de junio de 2007]
Las caras en la sede de Alternativa Ciudadana el domingo de las elecciones, a eso de las 12 de la madrugada, eran las de un funeral. Al principio del recuento proyectaban sobre la pared los resultados que les iban llegando. Cuando observaron cómo no subían en Arrecife y cómo perdían su representación al resto de municipios, optaron por apagar el ordenador y el proyector. Barreto encendió un pitillo esperando la llegada de la peor noticia de la noche: no entraban en el Cabildo.
Nadie entendía nada en aquella sede; muchos apostaban por tirar la toalla, culpabilizando a una ciudadanía a la que hacía pocas horas decían querer poner voz. Según Ginés Quintana, candidato a la alcaldía de la capital, en declaraciones a una ‘tele' local, otros habían rentabilizado el trabajo hecho por la formación en los últimos cuatro años, su lucha por los vecinos, contra el Plan General y contra las corruptelas. Y ni siquiera había sido Perico, fundador de ‘Isla Alternativa', que quedaba fuera de todas las instituciones. Tuvo que haber sido el PIL y, sobretodo, el Partido Socialista.
Los de Alternativa llevaban trabajando sin medios económicos los últimos cuatro años. Se habían pasado los ‘sangineles' preparando y sirviendo papas, carne de cochino y salpicón de pulpo en el ventorrillo; se habían reunido en el ‘garajito' semana tras semana; habían leído toda la letra pequeña de cada acuerdo, de cada plan y cada decisión gubernamental... Lo que estaba ocurriendo no podía ser verdad, la gente se había equivocado. Estaban demasiado cansados y en caliente para reflexionar, hacer autocrítica y analizar lo que de verdad estaba pasando.
La gente no se equivoca porque para votar no hay que tener más razones que las de uno mismo. La política es un asunto en el que, por suerte, no existen las verdades absolutas –y que Dios nos libre de quienes las crean tener. Las razones que habían empujado a tanta gente a votar por Alternativa en 2003 se podrían resumir en dos: eran distintos y capaces de ilusionar. Alternativa se ganó el voto del descontento, pero no cayó en la cuenta de que éste es especialmente fácil de descontentar. Y Alternativa descontentó por enésima vez al descontento cuando se produjo su crisis interna, de la que nacería ‘Isla'. Si esto mismo le hubiese pasado a otro partido quizás la factura a pagar hubiese sido algo menor –aunque hacer estallar la crisis a pocos meses de la campaña era mucho arriesgar. Pero “los alternativos” hicieron en aquella ocasión lo peor que podían hacer de cara a su particular electorado: ser idénticos a los demás. La ciudadanía no sólo se quedó con aquello de que se pelearon. La ciudadanía, y sobretodo el exigente sector de los descontentos, observó cómo los personalismos se ponían por delante del proyecto político. Como casi siempre en la política insular, las figuras ganaban una triste partida a las propuestas. En aquel momento sus dos grandes bazas, originalidad y capacidad de ilusionar, se iban al traste.
Los miembros y allegados de aquella Alternativa unificada se dividieron entre ‘Ciudadana' e ‘Isla' y tomaron partido por Perico o contra él. Pero el resto no; el elector ajeno a aquella lucha no dividió su voto, sino que se pensó que, sencillamente, eran iguales a todo lo que ya se conocía. Y se quedó en casa, u optó por el que llaman “voto útil”.
Aun con todo, Alternativa Ciudadana se la juega en los próximos cuatro años. Si piensan que ya se la jugaron en estas elecciones es que están precipitando su desaparición. Es ahora, tras el duro revés, sin las pilas cargadas como quedaron en 2003, cuando “los alternativos” tienen que demostrar si son un grupo político maduro o, por el contrario, constituyeron un bonito pero inconsistente capítulo de la historia política insular. A Alternativa le toca ahora, si quiere sobrevivir, plantear su proyecto en positivo. No basta con decir ‘no' a casi todo, no vale sólo con denunciar. Además, haciendo honor a su nombre, tiene que construir alternativas viables y originales. Esas alternativas terminarán por definirles, y si se definen ‘a priori', mejor que mejor. ¿Definirse como qué? Todos allí saben que constituyen la rama lanzaroteña del movimiento canario de izquierda, ecologista y nacionalista. Su pacto a nivel autonómico con Alternativa Popular Canaria reforzó esa idea. Pero aun no lo dicen explícitamente. Prefieren seguir siendo el partido de descontentos que plantea una acción fiscalizadora en vez de un programa. Eso sirvió en 2003, pero en 2007 se ha observado la fragilidad del planteamiento. Tras descontentar y desconcertar a los descontentos sólo les queda volver a ilusionarlos, esta vez no sólo diciendo que los demás son “unos golfos” –que también-, sino además explicando de qué manera van a gobernar, sin golferías. Ahora solo depende de ellos. Si siguen creyendo que la culpa es del elector, ni serán Alternativa ni serán ciudadana, los dos únicos términos que les definían.
En las antípodas de AC está –o estaba- el CCN: nunca ilusionó a nadie y las cantidades de dinero que gastaron en campaña fueron ingentes. En ese sentido, esta campaña ha constituido un desafío para el capital y el arte del ‘merchandisig': quienes más gastaron –CC entre los grandes y CCN entre los pequeños que querían dejar de serlo- menos han ganado. El CCN creía que podía lanzar un partido político mediante una campaña de ‘marketing', como quien lanza un nuevo formato de botella de Coca-Cola. En este sentido, la ciudadanía ha dado una lección a Ignacio González, a quien le pagase –quizás su propio padre, jefe de la patronal tinerfeña- y a los fichajes de última hora llegados de la derecha ‘popular' –del PP, vamos- y afiliados a un extraño tipo de nacionalismo que omite la palabra pero mantiene la sigla. El CCN de Nacho González es la reproducción canario-venezolana del GIL de Marbella: altas dosis de populismo, dinero, propaganda mediática y poca vergüenza, combinada con la aparente ausencia de ideología, que no tarda en manifestarse a poco que se les deje hablar. Por suerte los canarios dimos una cachetada el 27M a estas formas de hacer política, y en el bofetón hasta el PIL sintió el golpe, habiendo realizado un nefasto pacto con una formación cuya fuerza no va más allá del capital del que disponen.
El PIL pudo haber pactado con PNL-Nueva Canarias, y juntos hubiesen logrado con creces tanto el 30% del voto insular en Lanzarote como el 6% del autonómico que exige la injusta ley electoral canaria. Hubiesen podido colocar 5 diputados en el Parlamento autónomo y configurarse como la llave del cambio. Pero una vez más primaron los personalismos entre iguales. Iguales no sólo porque se definan como un nacionalismo alternativo a CC, sino porque ambos son hijos del mismo Dimas. Los cartelones del PNL, con idéntico tamaño y ubicación que aquellos en los que Dimas aparecía junto a Juan Carlos Becerra y Cándido Armas, nos hace recordar que no sólo Fabián y José Dimas son hijos de Martín. Lo que ocurre es que este último tiene repartidos una ingente cantidad de hijos pródigos.
En definitiva, creíamos que habíamos elegido cambio, pero miremos a donde miremos veremos la sombra del señor de Tahiche. Lanzarote podrá haber duplicado su población, podrá tener más de un tercio de sus ciudadanos llegados desde fuera, podremos haber abandonado definitivamente el sector primario, podremos haber avanzado en desarrollo económico y en destrucción del territorio... Podrá haber cambiado casi todo, pero es muy difícil entender cómo no ha cambiado nada.
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