LA MIRADA OLIVINA

 

Las jaulas

 

Mare Cabrera

[Martes, 5 de junio de 2007]

 

 

 

“El medio mejor para hacer buenos a los niños es hacerlos felices” Oscar Wilde (1854-1900) Dramaturgo y novelista irlandés.

 

 

Ocurría hace tres semanas en un centro de Educación Primaria de Arrecife, creo oportuno no desvelar su nombre por proteger la historia de los protagonistas, entre ellos, un menor de 10 años, los miembros del Consejo Escolar del centro y los padres de este pequeño.

El niño, en plena clase, en presencia de sus compañeros en un día de jornada escolar cualquiera, sacaba de su bolsillo una pequeña navaja a su maestra. Quizá esta le estaba recriminando un mal comportamiento para con sus compañeros, el hecho de que no había realizado los deberes…o cualquier otro suceso sin importancia que ocurre con habitualidad en cualquier centro. El Consejo Escolar decidía reunirse ante la gravedad de lo ocurrido para decidir qué pena se le impartía al niño y aclarar los motivos por los que éste tenía una navaja dentro del estuche con el resto de los bolígrafos y lápices de colores. Además de la respuesta de su educadora que se negaba a volver a las aulas mientras este niño estuviera en su clase.

La escena fue -pese a la gravedad- ridícula, el niño fue sancionado con un coscorrón de su madre, que le preguntaba ¿Qué haces tú con una navaja? La respuesta de éste fue cuanto menos curiosa: “¡Mamá, pero si me la diste tú!”

Y así se pasaron un buen rato discutiendo hasta que los miembros del Consejo determinaron, por pura obviedad, que había sido la madre la que le había dado el arma blanca a su hijo, según esta: “Para que se defendiera”

Yo no sé exactamente qué concepto tiene esta madre de los centros escolares canarios, quizá piensa que se trata de pequeños reductos sin ley ni orden que obligan a sus hijos a defenderse de los ataques de alumnos, compañeros y maestros con navajas.

Sea como sea, que un niño de 10 años tenga una navaja a mano, con lo que todo esto supone, puede ser el preludio de una tragedia anunciada, puede atacar a algún compañero que le increpe, a alguna maestra que le corrija o a un director que le imponga un castigo por su comportamiento, pude hacerse daño, puede dañar.

La pena impuesta fue una semana sin acudir a clase, abreviando, una expulsión. La madre se quejaba preguntándose qué iba a hacer ella con el niño una semana entera. Ella trabaja, su marido también y no tiene a quien dejárselo. El pequeño se pasará la semanita levantándose a las tantas, viendo la televisión y acostándose tarde. No estudiará, perderá el ritmo de las clases y puede que hasta se vea alzado como héroe por algunos de sus compañeros tras semejante hazaña impropia de la edad.

¿La expulsión es la solución?

Desde luego que es lo más cómodo para el centro, que respira 7 días y 7 noches al no tener que aguantar a los alumnos con conductas disruptivas.

¿Por qué no imponer penas -adecuadas a la edad del alumno- que le obligue a asistir con el orientador del centro -que tiene nociones de psicología infantil- a charlas o terapias, como se quiera, para que este profesional busque el origen de semejante comportamiento e intente corregirlo? Tiene 10 años, si se le da desde ya por imposible, ¿qué hacemos con los adolescentes problemáticos?

Otra de las penas que me atrevo a proponer, ya en edades más avanzadas, es limpiar pizarras, ordenar clases, borrar pintadas…y no se me ha ocurrido a mi, ya se ha intentado en algunos centros y los padres han puesto el grito en el cielo por considerar que se estaba explotando a sus hijos. A mi me lo comentó la madre de un chico de 15 años al que ya han expulsado varias veces por su falta de interés, en este caso no ha existido comportamiento agresivo aunque hay que admitir que el chico es contestón. Se ha quedado solo varias semanas en casa sin dar palo al agua, viendo programas de cotilleo y quedándose atrás con respecto a sus compañeros, su madre ha tenido que ir a trabajar y le es imposible vigilar lo que éste hace durante ocho horas al día.

Este correctivo, en mi opinión, disuadiría a los futuros “infractores” de llevar acabo travesuras o faltar el respeto a sus profesores, en lugar de conocer de antemano que lo único que conseguirán será pasar una semanita de vacaciones anticipadas –además de presumir ante el resto de compañeros- sabrán que pasarán dicha semana limpiando mesas -actividad mucho menos relajante que les impedirá perder tantas clases y presumir, porque limpiar no es motivo de orgullo en semejantes periodos del desarrollo-.

Los psicólogos recomiendan que en caso de que los niños que presentan dificultades o trastornos de conducta sean muy pequeños lo mejor es que el profesional encargado trate incluso en mayor medida con los padres de éstos, ya que en sus manos, con la adecuada supervisión y orientación puede estar la resolución de los problemas.

Pero es que, seamos sinceros, es mucho más fácil cogerse la baja por depresión-tan de moda entre el personal docente hoy en día- expulsar a niño una semana y obviar la imperante necesidad de colaboración entre padres, centro, educadores y orientadores.

Conozco a profesores que en 30 años de actividad docente jamás han pedido una baja por estos motivos, no se trata de personas frías o despreocupadas, tampoco podemos suponer que durante tantos años no se haya encontrado con alumnos difíciles, por ejemplo sé de un maestro al que, ante la negativa de permitir que el alumnos en cuestión fuera al baño -porque se olía que era más cuento que necesidad- tuvo que presenciar como éste se levantaba y orinaba dentro de la papelera de la clase.

La respuesta está en buscar alternativas, en ojear libros, buscar páginas en Internet, colaborar con el orientador del centro, con los padres, en definitiva preocuparse realmente por el alumno que le fastidia las clases y motivarlo. No es lo más sencillo, nadie te lo va a agradecer y tendrías que perder tiempo fuera de la jornada laboral en encontrar soluciones, que -casi siempre- las hay.

No vale echarse las manos a la cabeza, quejarse, irse y obviar la realidad. El problema está en que el magisterio debe ser una profesión vocacional, sino se tiene este interés real por la educación de los alumnos es mejor dedicarse a otra cosa, como la política, ocupación que entre los representantes públicos y además docentes de ésta isla es tan común.

El niño de nuestra historia real ya ha vuelto a las clases, esperemos que sin navaja. Ha perdido una semana de clases y se habrá llevado otro par de tortas por poner a su madre en evidencia delante del Consejo Escolar. Es de suponer que el cómodo correctivo que se le ha impuesto no haya hecho mella en su toma de decisiones y actuaciones futuras, probablemente hasta le haya gustado estar solo todas las mañanas jugando con videoconsolas. La próxima vez que la arme -nunca mejor dicho- en lugar de una semana, quizá sean dos y como percibirá el rechazo de sus compañeros y profesores su actitud ante el sistema probablemente se hará cada vez más rebelde e inconformista. Aún le quedan años de formación obligatoria, no lo quiero ver entrando en las aulas pasando por un detector de metales, si esto continúa así, que la Consejería los vaya reservando.

 

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